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La incoherencia de Jordi Mayor: exige a Valencia la aplicación de la tasa turística que él se niega a aplicar en Cullera
El alcalde de la famosa localidad turística de la Ribera Baja cree que otras ciudades si deberían de aplicar este impuesto a los turistas, pero afirma que en el municipio que el gobierna la implantación de este gravamen les perjudicaría a nivel competitivo con otros destinos.

El portavoz de la Ejecutiva del PSPV y alcalde de Cullera, Jordi Mayor
"Haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga", un dicho popular que retrata, a la perfección, la incoherencia que ayer se produje en el pleno de la Diputación cuando, el diputado del PSPV-PSOE, portavoz de los socialistas valencianos y alcalde de Cullera, Jordi Mayor, defendió la creación de una tasa turística que, sin embargo, treinta segundos después de exigir que la aplicarán otras ciudades como Valencia, aseguró que él, en Cullera, mientras sea alcalde, no la aplicaría. El motivo, porque a su parecer, pese a defender, supuestamente, la creación de este impuesto para los turistas, este gravamen restaría competitividad a su municipio respecto a otros destinos turísticos.
"Al menos, como alcalde de Cullera, no la vamos a implantar. En ningún caso. Sinceramente, en algunos casos algunas decisiones nos han perjudicado competitivamente frente a otros destinos que también viven del sol y playa. Pero hay destinos, como la ciudad de Valencia, donde sí creo que esta tasa turística podría venir muy bien", aseguraba el diputado socialista durante el debate de la moción que presentó Compromís para exigir la implanación de la tasa turística.
Mayor considera que, pese a que él en ningún caso la implantaría porque le resta competitividad respecto a otros destinos, no hay que demonizar este gravamen que, en otras ciudades de Europa, "se paga y no pasa nada". Para el alcalde socialista este impuesto debería de ser voluntario, es decir, que cada ciudad decida si aplicarlo o no aplicarlo, menos Valencia, a su parecer.
En definitiva, el discurso de Jordi Mayor deja al descubierto una contradicción difícil de sostener: si la tasa turística resta competitividad y perjudica a los destinos de sol y playa, como Cullera, resulta incoherente exigir su implantación en otras ciudades. Y si, por el contrario, no afecta al atractivo turístico —como él mismo admite al señalar que en muchas ciudades europeas “se paga y no pasa nada”—, no se entiende por qué rechazarla en su propio municipio.
Más allá del destino concreto al que se aplique, el objetivo de la tasa turística es común y claro: avanzar hacia un modelo de turismo sostenible, capaz de financiar servicios públicos y evitar la saturación sin tensionar a las ciudades ni enfrentar a unos municipios con otros. La duda, a la vista de sus palabras, no es si la tasa funciona, sino dónde y a quién conviene aplicarla.