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Un fogonazo de Brahim da el triunfo al Madrid ante el Atlético en un partido miedica

Un golazo en el segundo tiempo del hispanomarroquí decide la ida de los octavos de Champions. Rodrygo y Julián Álvarez marcaron dos tantos estratosféricos. La eliminatoria se resolverá la semana que viene

Brahim Diaz celebra su gol ante el Allético

Brahim Diaz celebra su gol ante el AlléticoAFP7 vía Europa Press

Miguel Queipo
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Miguel Queipo de Llano

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Ganó el Real Madrid (2-1) al Atlético en la ida de los octavos de final de la Champions. Un duelo marcado por tres golazos, porque el resto del choque fue bastante miedica. Los dos entrenadores, Ancelotti y Simeone, se lanzaron a por un planteamiento amarrete y sólo Rodrygo, Julián Álvarez y Brahim sacaron del sopor a los aficionados. El gol del hispanomarroquí, un golazo, da ventaja a los blancos.

Fue un duelo atípico. Normalmente un derbi madrileño destila rivalidad e intensidad, pero esto era el primer partido de una eliminatoria y desde el saque inicial los dos equipos salieron a mirarse a los ojos y no hacerse demasiado daño. El Madrid, recogidito en un 4-4-2, intentó percutir por el ala izquierda del Atlético, la zona de Javi Galán y Lino, y encontró el premio a la primera: gran pase de Valverde, cuerpeo de Rodrygo, diagonal y chutazo al palo largo de un Oblak que no pudo hacer nada. Era el minuto cuatro y normalmente esas cosas sentencian al equipo visitante en el Bernabéu.

Pero no fue así. Porque el Atlético, en cuanto tapó la sangría por ese costado (entre el uruguayo y el brasileño crearon otras dos incursiones con peligro), se hizo con el control del juego ante un Real Madrid desesperante, lastrado por un Camavinga lento, fallón y sin intensidad. Un agujero sideral en el centro del campo. De Paul campaba a sus anchas, Griezmann detectó la debilidad blanca marcando diferencias entre líneas pese a su evidente falta de físico y los rojiblancos controlaban el partido a placer ante un equipo blanco que corría, y tampoco demasiado, como un pollo sin cabeza.

Justo antes de empezar el partido, apareció una imagen de Mbappé y Vinicius sentados en las escaleras del túnel de vestuarios atándose las botas. Y podrían no habérselas atado. Porque eran transparentes. Sólo Valverde, titánico en todas las acciones ofensivas atléticas, resistía entre los blancos, salvando incluso un remate bajo palos. 

Sin sus referentes arriba, el Madrid no amenazaba a Oblak y el Atlético, de tanto rondar a Courtois, se encontró con un golazo de Julián Álvarez. La Araña se deshizo de Camavinga como quien le quita el papel a un Sugus y clavó un zapatazo al palo largo de un Courtois que no pudo hacer nada. El 1-1 enfrió aún más el partido y se fue al descanso sin que pasara nada digno de mención. Pero nada es eso: nada. 

El segundo tiempo arrancó con dominio posicional del Atlético y con el Madrid incapaz de llegar al área rojiblanca, hasta que Brahim se marcó una jugada con ciertas similitudes a aquel tanto de Raúl ante Superlúpez en el Calderón, dejó desparramado a Giménez y se sacó un gol de la nada para superar a un Oblak que no supo ni por dónde le había llegado el balón.

Ancelotti quitó al inoperante Camavinga (con Vinicius y Mbappé no tuvo los mismos bemoles) para meter a Modric, el agujero negro del Madrid en el medio desapareció y los blancos pudieron vivir tranquilos el resto del partido, con el Atlético demasiado conformista y dando por bueno el resultado. Es de esperar que el miércoles de la próxima semana, en el Metropolitano, haya un poco más de guerra y se hayan dejado guardado algún golazo más, lo único digno de este choque con más pólvora que fútbol.

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