Si hay un equipo en el Universo que pueda, es el Real Madrid
La contracrónica del Real Madrid - Bayern (1-2)

Jude Bellingham, en un momento del partido ante el Bayern
Al Bayern, como bien sabemos los madridistas clásicos, le va mucho lo de las bravuconadas trumpianas. Los bávaros no te amenazan con mandarte "a la edad de piedra", destruir tu civilización ni pamplinas por el estilo. Son alemanes, pero nada sutiles. "Si se les presiona se cagan en los pantalones", dijo Salihamidzic; los cuernos de Augenthaler; el "no me meten dos goles ni locos", de Kahn... Mil episodios de una guerra, la madridista-bayeriana, que en la noche del martes escribió otro capítulo más. El de la trituradora alemana durante un buen tramo. El de la resurrección blanca en el tramo final. Es solo la ida y perdió el Madrí. ¿Queda fe?
Durante un buen tramo de la primera parte la cosa anduvo igualada. El Madrid jugando muy protegido, pero afilando el colmillo con Vinicius y Mbappé, y el Bayern moviendo el balón a una velocidad endiablada pero sin encontrar el gol. Hasta que en una jugada que podría haber dedicado Vinicius con su "eu farei 10x", porque fue como un chisporroteo del Halcón Milenario al hacer la carrera de Kessel en menos de doce pársecs, Luis Díaz, que estaba siendo el peor del ogro colorao, hizo el 0-1 justo antes del descanso. Y al volver de vestuarios, Kane machacó el 0-2. ¿Liquidado?
El partido era por aquel entonces una exhibición de un francés nacido en Londres de 24 años formado en todas las canteras de los top ingleses (Arsenal, Chelsea, City) hasta acabar haciendo las maletas para ganarse la vida por los getafes y osasunas (que me perdonen los aficionados de estos equipos, es solo un simil) de la Premier (Reading y Crystal Palace) y de repente, aparecer en el Bayern reconvertido en ahora, posiblemente, el jugador más desequilibrante del mundo. Michael Olise se cascó un partido asombroso en el Bernabéu hasta que se quedó como el Aston Martin de Fernando Alonso, sin capacidad de recargar la batería. No había pasado tanto miedo Lunin desde la última vez que montó en el tren de la bruja.
Al Madrid todo le estaba saliendo mal. Es cierto. Tchouameni, su único centrocampista de orden, no estará en la vuelta, con lo cual el partido de la semana que viene es más complicado que el cuádruple Axel de Ilia Malinin. Súmenle a la pirueta un triple tirabuzón o así, si es que eso existe. La cantidad de ocasiones falladas por los blancos, con un Mbappé con el punto de mira desviadísimo, solo agravaba la sensación.
Pero el Real Madrid es el pelotón de zombies de Michael Jackson en Thriller. Cuando todo está perdido, el suelo se abre quién sabe por qué, esos muchachos de blanco recuperan el riego y, sin saber cómo, vuelve el pulso y se parece al Madrid de siempre. Mbappé al fin atinó en una, con el equipo lanzado y arrollando a un Bayern aturdido porque era incapaz de materializar ninguna de las numerosas y clarísimas contras de las que dispuso. Y el Santiago Bernabéu rugió como debía haber rugido todo el partido. Le va la marcha.
Lo que queda en Múnich es EL MILAGRO, ahora sí que sí. Un milagro que dejaría en pelotas a lo sucedido en la temporada 23-24, la Champions de las remontadas con la soga al cuello. Si hay un equipo en el universo que pueda, es el Madrid. Y eso lo saben hasta cuando desde la misión Artemis II levantan las persianas de la nave Orión y miran hacia la Tierra. ¿Confiamos? Confiamos. Que somos del Madrí.