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Las 21 temporadas de Sergio Llull: el privilegio reservado a muy pocos elegidos

Permanecer durante más de dos décadas en la élite ya resulta extraordinario. Hacerlo en el Real Madrid, donde cada verano vuelven a juzgarte desde cero, convierte esa carrera en una rareza casi irrepetible

Sergio Llull ha renovado una temporada más: y van 21 en el Real Madrid

Sergio Llull ha renovado una temporada más: y van 21 en el Real MadridCreada con IA

Miguel Queipo
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Miguel Queipo de Llano

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En el Real Madrid nadie juega por lo que hizo ayer. Solo por lo que todavía puede aportar mañana. Veintiuna temporadas consecutivas en el club blanco.

VEIN-TIU-NA.

No es una cifra. Es resistencia. Es talento. Es carácter. Y, sobre todo, es una capacidad de adaptación al alcance de muy pocos deportistas. Permanecer más de dos décadas en la elite resulta extraordinario. Conseguirlo en una entidad donde cada verano vuelven a empezar los exámenes, donde cada entrenador llega con sus propias ideas y donde cada fichaje amenaza el sitio de los que ya estaban, convierte esa carrera en una anomalía.

Sergio Llull disputará este curso su vigesimoprimera temporada consecutiva con la camiseta del Real Madrid. Ningún contrato le ha sido regalado. Ningún minuto le ha pertenecido por derecho adquirido. Cada temporada ha sido una reválida y cada verano, una nueva oposición para seguir defendiendo el club más exigente del baloncesto europeo. Nunca dejó de aprobar.

Cuando aterrizó en Madrid en el verano de 2007 encontró una sección que intentaba recuperar el prestigio perdido en Europa. La Liga conquistada con Joan Plaza había supuesto un impulso enorme, pero el Real Madrid aún estaba lejos de la hegemonía continental que construiría después. Llull no solo fue testigo de aquella reconstrucción; fue una de sus piezas fundamentales. Compartió vestuario con Felipe Reyes cuando el cordobés ya era el gran referente del madridismo, conoció los años de dudas antes de que Pablo Laso devolviera al Real Madrid a la cima del baloncesto europeo y acabó heredando un liderazgo que nunca buscó imponer, sino ejercer con el ejemplo

A lo largo de veinte años, Llull ha conocido siete entrenadores distintos. Joan Plaza, Ettore Messina, Emanuele Molin, Pablo Laso, Chus Mateo, Sergio Scariolo y ahora Pedro Martínez. Siete proyectos. Siete vestuarios. Él siguió encontrando su sitio en todos. Por ese vestuario han pasado varias generaciones de jugadores extraordinarios. Desde Felipe Reyes, Bullock o Raül López hasta Rudy Fernández, Sergio Rodríguez, Doncic, Campazzo o Tavares. Cada etapa tuvo sus protagonistas, pero Llull siempre estuvo entre ellos. Nunca fue el mismo jugador. Siempre fue el mismo competidor. No heredó solo un brazalete. Heredó una responsabilidad.

El balón nunca le quema

Hay jugadores que convierten un lanzamiento imposible en una jugada para los resúmenes de televisión. Sergio Llull hizo algo bastante más difícil: convirtió aquellos lanzamientos imposibles en una seña de identidad. Nunca fueron un capricho, un exceso de confianza o un recurso desesperado. Eran una declaración de intenciones. Mientras otros buscaban la mejor opción, él asumía que la responsabilidad también consistía en equivocarse si era necesario. Por eso, cuando el reloj agonizaba y el partido se estrechaba hasta caber en una sola posesión, casi siempre el balón terminaba en las manos del menorquín.

No era una pose. Era carácter. Sus compañeros convivieron durante años con la tranquilidad de saber que, llegado el momento decisivo, Llull nunca escondería la mano. No siempre acertó. Jamás renunció a intentarlo. Así se forjó una de las estampas más reconocibles del deporte español. Da igual que fuera aquella mandarina sobre la bocina en La Fonteta o esa suspensión inverosímil ante el Olympiacos que decidió la Euroliga de Kaunas en 2023. El balón nunca le quema.

Ese mismo carácter explica una de las decisiones que marcaron su carrera. En el verano de 2015, después de conquistar la Euroliga y ser elegido MVP de la competición, los Utah Jazz volvieron a llamar a su puerta. La NBA representaba el sueño de casi cualquier jugador europeo y también un contrato muy superior al que podía ofrecerle el Real Madrid. Era probablemente el contrato más importante de su carrera. Llull, sin embargo, eligió otro camino. "Mi sueño no era la NBA. Mi sueño era jugar en el Real Madrid", resumió tiempo después. Es difícil encontrar una explicación más sencilla de por qué sigue vistiendo la misma camiseta.

La vida, sin embargo, le recordó pronto que la fidelidad tampoco inmuniza contra los golpes. El 9 de agosto de 2017, defendiendo a la selección española en un amistoso frente a Bélgica, la rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha puso en riesgo mucho más que una temporada. 

Muchos pensaron que aquel jugador explosivo, capaz de romper un partido con una aceleración o una mandarina imposible, ya no volvería a ser decisivo. Se equivocaron. Regresó convertido en un jugador distinto, más cerebral y menos dependiente del físico, pero igual de imprescindible para un Real Madrid que nunca dejó de examinarle y al que él nunca dejó de responder.

Una mesa para muy pocos

El deporte está lleno de campeones. Muchísimo menos de trayectorias como la de Sergio Llull. Ganar un título puede depender de un instante, de una inspiración o incluso de un golpe de suerte. Permanecer durante más de dos décadas en la élite exige algo mucho más complejo: convencer cada temporada de que todavía eres capaz de ayudar a ganar. Ese es el hilo invisible que une al capitán del Real Madrid con un puñado de nombres que pertenecen desde hace tiempo a la historia del deporte. Paolo Maldini disputó veinticinco temporadas con el Milan; Francesco Totti hizo de la Roma la única camiseta de su carrera; Ryan Giggs enlazó veinticuatro cursos con el Manchester United; Dirk Nowitzki jugó veintiuna temporadas en los Dallas Mavericks hasta convertirse en el mayor símbolo de la franquicia. Todos ellos entendieron que la fidelidad solo tiene valor cuando sigue acompañada de rendimiento. Nadie permanece tanto tiempo por agradecimiento. Se permanece porque se sigue siendo útil.

Ni siquiera en los deportes individuales, donde el futuro depende únicamente del propio deportista, resulta sencillo desafiar al paso del tiempo durante más de veinte años. La amazona Isabell Werth conquistó medallas olímpicas en tres décadas diferentes; Ronnie O'Sullivan continúa levantando campeonatos del mundo de snooker tres décadas después de irrumpir en la élite; la gimnasta Oksana Chusovitina siguió compitiendo cuando muchas de sus rivales ni siquiera habían nacido el día de su debut internacional. Todos vencieron al calendario. Pero ninguno tuvo que enfrentarse cada verano al juicio de un entrenador, de un director deportivo o de un club obligado por naturaleza a mirar siempre hacia delante. Esa es la diferencia que convierte la carrera de Llull en una rareza todavía más difícil de explicar.

Porque el Real Madrid nunca regala nada. Ni siquiera a sus leyendas. Durante veintiún veranos consecutivos alguien tuvo que decidir que Sergio Llull seguía siendo más útil que cualquier alternativa. Siempre hubo una razón para seguir contando con él. Ahí reside la mayor victoria de su carrera, incluso por encima de las tres Euroligas, las nueve Ligas, las siete Copas del Rey o sus ya incontables mandarinas que ya forman parte de la memoria colectiva del madridismo.

Volverá a empezar otra temporada. Habrá fichajes, nuevas rotaciones y la misma obligación de ganar que acompaña al Real Madrid desde hace más de un siglo. Nadie le regalará un solo minuto por todo lo que hizo ayer. Tendrá que volver a ganárselo. Como el primer día. Las veintiuna temporadas consecutivas no son el verdadero récord. El verdadero récord consiste en que, después de todo ese tiempo, el Real Madrid nunca haya encontrado un motivo suficiente para dejar de contar con él.

Hace tiempo que Sergio Llull se ganó un asiento en esa mesa.

Hace mucho tiempo que dejó de ser simplemente Sergio Llull.

El Increíble Llull.

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