¿Triunfará el nuevo Real Madrid de Mourinho?
Mourinho en el banquillo
Siete jornadas después de su regreso, el nuevo Real Madrid de Mourinho ya sabe lo que es perder un derbi con un hombre menos, encajar en su propio estadio y escuchar pitos en el Bernabéu con el marcador todavía abierto. El proyecto que prometía devolver músculo y jerarquía al club asoma a finales de septiembre líder de nada, cuarto en la clasificación y por detrás de un Barcelona que manda en solitario. Gana partidos, pero de momento no convence casi a nadie, y esa contradicción define un arranque en el que los resultados no alcanzan a tapar del todo las costuras.
En el Metropolitano llegó el domingo el golpe más reciente, un derbi que terminó 2-1 con Grimaldo firmando el penalti decisivo. Los blancos aguantaron más de cuarenta minutos con diez futbolistas y se deshicieron por dentro, incapaces de sostener la iniciativa propia de un candidato al título. Para entender por qué una plantilla de este calibre transmite tanta fragilidad conviene rebobinar hasta junio, cuando Florentino Pérez cerró el regreso del portugués trece años después con un contrato de tres temporadas.
Un estreno que ya avisaba
El estreno liguero ya avisó de lo que venía. En la jornada inaugural, el conjunto blanco sufrió hasta la extenuación en Cornellà y solo tumbó al Espanyol en el añadido, con un gol del canterano Carlos Espí que firmó un 1-2 tan agónico como revelador. La cara amable llegó semanas más tarde con el triunfo ante el Inter por 2-1 en el estreno de la Champions, decidido por Mbappé y Valverde antes de que la grada volviera a inquietarse en el tramo final.
Entre unos partidos y otros asomaron los destellos que muchos esperaban ver del Real Madrid, y el 4-1 al Rayo Vallecano en el Bernabéu fue el más nítido, el encuentro más redondo del curso antes de que el equipo bajara el pistón. Y sin embargo, incluso cuando el marcador acompañaba, volvía a asomar el guión de siempre: arranques feroces y segundas mitades en las que el equipo se encoge, cede metros y sobrevive mucho más de lo que domina.
Que ese contraste entre favoritismo y fragilidad no fuera una sorpresa de última hora ya se venía advirtiendo desde antes. Aparecía recogido en el análisis previo de expertos en cuotas y pronósticos como los de la plataforma comparadora ApuestasOnline, donde los blancos figuraban por delante en los números pero sin la solvencia que se le exige a un aspirante fiable. Los modelos de predicción, de hecho, colocaban antes del derbi al equipo de Mourinho como favorito por un margen mínimo, una ventaja apoyada más en su pegada que en su orden defensivo. El aviso estaba sobre la mesa y el Metropolitano se limitó a confirmarlo.
En el origen de todo hay una fecha y un precedente incómodo. El proyecto nació para enderezar un curso anterior convulso, el mismo en el que Xabi Alonso fue destituido tras 233 días en el banquillo con el vestuario tocado. Mourinho aterrizó con la etiqueta de reconstructor, del técnico capaz de devolver orden a un grupo desnortado, y su primer mensaje público apuntó justo en esa dirección, hacia menos épica y más equilibrio.
El equipo que menos corre
Los números, sin embargo, dibujan un equipo que todavía no se reconoce en esa idea de sobriedad y control que prometía el nuevo proyecto. En este inicio de temporada, el Real Madrid ha sido el conjunto que menos corre de las cinco grandes ligas europeas, un dato desconcertante para un entrenador que siempre ha hecho de la intensidad su bandera. El 2-3 en Elche, que sumó tres puntos pero volvió a dejar la defensa señalada, encaja con esa falta de fondo físico que empieza a explicar tantos desfondes en los segundos tiempos.
Quince puntos de veintiuno posibles, con cinco victorias y dos derrotas, componen un balance que no resulta catastrófico ni mucho menos, pero que tampoco despeja las incógnitas de fondo que el equipo arrastra desde la primera jornada. Mbappé sostiene buena parte del ataque con siete goles en Liga, y alrededor del francés gravita casi todo el peso ofensivo del equipo. Esa dependencia de un solo nombre es, quizá, el rasgo que mejor retrata a este Madrid de arranques brillantes y finales espesos, tan efectivo cuando el delantero acierta como vulnerable en cuanto se apaga.
Queda además una asignatura mayor, la europea, que ninguna estadística de septiembre está en condiciones de resolver todavía por completo. Mourinho levantó una Champions con el Inter en 2010, pero nunca la conquistó de blanco, y su primera etapa en el club se quedó a las puertas más de una vez. Ese pendiente europeo pesa tanto o más que la Liga en la vara con la que se medirá su segunda aventura, y el 2-1 al Inter fue apenas un primer paso de un camino largo.
Nada de esta irregularidad es nuevo ni ha pillado a nadie por sorpresa. Ya en las claves del estreno europeo se intuía un equipo pegado a sus individualidades, capaz de ganar por talento cuando el plan colectivo no aparece, pero expuesto en cuanto el rival le planta cara durante los noventa minutos completos.
El nuevo Real Madrid de Mourinho es, por ahora, un equipo de dos caras, tan capaz de barrer a un rival como de encogerse justo después. Puede arrasar en cuarenta minutos y luego replegarse en los siguientes hasta parecer que defiende una ventaja inexistente. La reconstrucción prometida existe, pero avanza a trompicones, sostenida por el gol de Mbappé y por una idea que aún no ha calado en las piernas de sus futbolistas. Siete jornadas después de aquel regreso rodeado de expectativas, el club que quería recuperar el músculo y la jerarquía sigue líder de nada, cuarto en la tabla y despedido con pitos en su propio estadio.