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La paradoja de las Smart Cities en Cataluña: entre el sensor urbano y el colapso burocrático

Segunda jornada de la Smart City Expo World Congress 2025.

Segunda jornada de la Smart City Expo World Congress 2025.David Zorrakino / Europa Press

Este año consolida a Cataluña como uno de los epicentros del desarrollo tecnológico urbano en Europa. Ciudades como Barcelona se mantienen a la vanguardia internacional en el despliegue del Internet de las Cosas (IoT) y la gestión de servicios públicos digitales, mientras que municipios de su cinturón metropolitano y del litoral transforman sus calles con sensores inteligentes.

Sin embargo, esta eclosión tecnológica convive con una profunda paradoja: mientras los algoritmos optimizan el consumo energético de un polideportivo en milisegundos, los trámites más críticos y humanos, como las valoraciones de dependencia o los grados de discapacidad, siguen atrapados en un laberinto burocrático que puede superar los tres años de espera.

La digitalización del territorio catalán avanza a dos velocidades. Por un lado, la infraestructura física se vuelve cada vez más eficiente, pero por el otro, la gobernanza institucional no reestructura una maquinaria administrativa obsoleta, lo que imposibilita convertirla en un verdadero Gobierno Inteligente (Smart Governance).

La gran brecha: ¿por qué la tecnología no agiliza la burocracia social?

El éxito de los despliegues físicos contrasta con la realidad de los ciudadanos que se enfrentan a la administración por motivos de salud o vulnerabilidad. La desesperante espera de años para resolver un grado de discapacidad, plagada de evaluaciones erróneas y recursos judiciales, evidencia los límites actuales de las Smart Cities.

La tecnología urbana ha corrido más que las leyes y la integración competencial.

El primer motivo de este desfase es la desconexión de sistemas. Mientras un ayuntamiento tiene la competencia para sensorizar sus farolas o parkings, la gestión de la sanidad y los servicios sociales depende de la Generalitat de Catalunya. Históricamente, estas administraciones operan como islas tecnológicas. Los datos médicos no cruzan de forma automática a los expedientes de valoración, obligando al ciudadano a peregrinar aportando documentos que la propia Administración ya posee, una y otra vez.

En segundo lugar, existe un cuello de botella humano. La inteligencia artificial podría agilizar la cita previa, pero la valoración de una discapacidad requiere obligatoriamente el examen minucioso de equipos técnicos (médicos, psicólogos y trabajadores sociales). La falta crónica de personal en estos órganos, sumada a la rigidez del nuevo baremo estatal implantado por el Real Decreto 888/2022, satura los servicios y automatiza resoluciones erróneas que abocan al ciudadano a reclamaciones y a una vía judicial igualmente colapsada.

Este laberinto burocrático se convierte en un doloroso viacrucis que agrava la situación de los ciudadanos más vulnerables. Aquellos que carecen de una red de apoyo para sortear las interminables exigencias y gestiones del sistema, terminan por abandonar la batalla en mitad del camino, viéndose abocados a resistir en absoluta soledad y desamparo, sin percibir ni disfrutar de los derechos que les corresponden, hasta el final de sus días.

Este desamparo institucional genera un caldo de cultivo idóneo para que se acerquen a ellos falsos amigos o asesores integrados en redes mafiosas; delincuentes que, aprovechándose de su desesperación, los engañan con la falsa promesa de facilitarles los recursos necesarios para sus dolencias, con el único fin de desvalijarlos y quedarse con sus propiedades como ya ha ocurrido en Cataluña.

Hacia el gobierno inteligente

A diferencia de la simple “administración digital” (que solo digitaliza el papel), el Gobierno Inteligente busca que la propia administración piense, anticipe necesidades y actúe de manera coordinada en lugar de operar en islas tecnológicas.

Para corregir esta injusticia social, la agenda de la Red Española de Ciudades Inteligentes (RECI) y el marco normativo actual exigen dar el salto del sensor al Smart Governance. Actualmente, España avanza en la gobernanza de la inteligencia artificial mediante normativas que exigen una supervisión humana estricta y transparencia algorítmica.

Conclusión

El objetivo prioritario ya no es llenar las calles de hardware, sino utilizar la analítica de datos para predecir y automatizar derechos. Las ciudades inteligentes del futuro inmediato deben emplear sus autopistas de información para que, cuando un ciudadano sufra una patología crónica severa, los sistemas de salud y asuntos sociales se coordinen de oficio.

Solo cuando la tecnología sea capaz de recortar los tiempos de espera de una prestación social con la misma velocidad con la que apaga una farola, podremos afirmar que vivimos en una ciudad verdaderamente inteligente.

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