La cumbre de Barcelona se ha quedado sin invitados: las urnas iberoamericanas fulminan al club de Sánchez, Zapatero y Podemos
Los aliados internacionales que acompañaron a Sánchez en Barcelona encadenan derrotas políticas, crisis económicas y causas judiciales.

El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al ex Presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero.
En abril, Pedro Sánchez se subió a un escenario en Barcelona convencido de que presidía el futuro. Durante dos días ejerció de anfitrión de la Global Progressive Mobilization olvidándose, aunque fuera por dos días, de los casos de corrupción que rodean a su entorno más cercano. Una asamblea de la izquierda mundial que reunió a Lula, a Gustavo Petro, a José Luis Rodríguez Zapatero y a más de un centenar de partidos, presentada por sus organizadores como el arranque de una era nueva y la demostración de que el progresismo es la única respuesta que el mundo necesita. Apenas dos meses después, conviene revisar la lista de invitados. Porque uno tras otro, sus referentes iberoamericanos están siendo fulminados en las urnas o por la justicia.
No se trata de ninguna conspiración de la derecha ni del enésimo "lawfare" que denuncian cada vez que pierden. Se trata de algo más sencillo y más demoledor: el modelo que vinieron a celebrar a Barcelona arruinó a los países donde gobernó, y los votantes —los mismos a los que ese modelo prometía emancipar— están huyendo de él cada vez que tienen oportunidad.
En octubre de 2025, Bolivia puso fin a veinte años ininterrumpidos del Movimiento al Socialismo (MAS) que lideró el prófugo de la justicia Evo Morales. Rodrigo Paz ganó la segunda vuelta con casi el 55% de los votos y enterró el ciclo de Evo Morales y Luis Arce. El motivo no fue otro que la nevera vacía: el país llegó a las urnas sumido en la peor crisis económica en décadas, con inflación récord, escasez de dólares y colas para conseguir combustible y alimentos. El votante rural y obrero, el supuesto sujeto histórico de la revolución, fue precisamente quien echó al MAS.
Bolivia no fue el primer aviso del colapso del frente de izquierdas en Iberoamérica, antes había caído el peronismo argentino transmutado en Kirchnerismo con una expresidenta como Cristina en prisión domiciliaria y un outsider como Milei ganando con holgura en las urnas.
El colapso de Venezuela, otro de los socios del Grupo de Puebla, es conocido por todos, pero conviene recordar las cifras para no olvidar las consecuencias de sus políticas. El producto interior bruto venezolano se ha hundido en torno a tres cuartas partes desde su máximo de 2012; el FMI calcula que la contracción entre 2013 y 2020 rozó el 88%, una caída que triplica la de la Gran Depresión estadounidense y que se produjo en tiempos de paz. La hiperinflación superó el 130.000% en 2018. Más de 7,7 millones de venezolanos, casi una cuarta parte de la población, han huido del país en la mayor estampida migratoria del hemisferio. Por el camino, más de mil empresas expropiadas. Este fue el resultado previsible de aplicar el manual bolivariano hasta la última página.
Y mientras tanto, ahora en Perú, la izquierda acaba de quedarse a las puertas: con casi el 99% del escrutinio, Keiko Fujimori encamina la presidencia frente al candidato de Juntos por el Perú por un margen estrechísimo. Pero el dato que de verdad importa es otro. Perú arrastra una informalidad laboral del 70,7%, más de doce millones de personas sobreviven sin contrato, sin pensión y sin protección social alguna. Es exactamente la precariedad estructural que el discurso bolivariano prometía resolver.
En Colombia, el oficialismo de Petro y su Pacto Histórico quedaron segundos en la primera vuelta del 31 de mayo, superados por un outsider, Abelardo de la Espriella, a la espera de la segunda vuelta del 21 de junio. Petro deja un déficit fiscal cercano al 7% del PIB, una deuda pública por encima del 64% y, sobre todo, una inversión hundida del 19% al 16% del PIB, su nivel más bajo en dos décadas.
Pero, ¿Qué tiene que ver con la foto de Barcelona? Pues todo. Porque era la enésima reunión del entramado que orbita alrededor del Grupo de Puebla, heredero confeso del viejo Foro de Sao Paulo. Un club que promueve el propio Zapatero y que integran, entre otros, Lula, Rafael Correa, Evo Morales, Luis Arce… y, por la parte española, Irene Montero, de Podemos. El mismo armazón ideológico, los mismos nombres de siempre, la misma costumbre de gritar "persecución" cada vez que un tribunal les lleva la contraria. Como el propio Zapatero, imputado en el caso Plus Ultra después de que la policía encontrara en la caja fuerte de su despacho de Ferraz un centenar de joyas dignas de Nefertiti que él jura heredadas y regaladas. Lawfare, supongo.
Ahí está el verdadero drama doméstico. Podemos construyó su identidad sobre estos referentes: las asesorías de sus fundadores a Caracas, a La Paz y a Quito, el "socialismo del siglo XXI" exhibido como horizonte deseable para España. Hoy esos referentes se caen del mapa uno detrás de otro, y Podemos se queda huérfano, sin espejo donde mirarse y sin manual que recitar. Y Sánchez, que quiso retratarse como faro de esa internacional progresista, ha terminado fotografiado con los perdedores de la década. No son el futuro, son el pasado.
El ciclo de la izquierda iberoamericana lo han clausurado los votantes pobres de El Alto, de Maracaibo y de Lima, esos a los que el modelo juraba redimir y a los que dejó la cartera vacía y el supermercado también. La cumbre de Barcelona se convocó para enseñarle al mundo un ejemplo a seguir. El mundo, empezando por Iberoamérica, ha contestado en las urnas: no, gracias.
El pasado 3 de enero, Nicolás Maduro fue sacado de Caracas y trasladado a una celda de Brooklyn, a la espera de juicio por narcotráfico. El mismo Maduro cuyo régimen Zapatero apadrinó hasta el último minuto, reapareciendo en Caracas para sostener a Delcy Rodríguez. Esa es la fotografía que de verdad resume la última década perdida.
Los invitados de Sánchez van saliendo de escena. Unos, por la puerta de las urnas. Otros, esposados.