Bruselas y China: sube la temperatura
La Unión Europea acelera su giro frente a las prácticas comerciales de Pekín mientras crece el consenso para endurecer las barreras al dumping.

El primer ministro chino, Li Qiang, copreside la 25ª Cumbre China-UE junto con el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Como hablamos la semana pasada en esta columna, la principal historia económica de estos días (ahora que dicen que en un mes se reabrirá Ormuz, lo que aún no ha sucedido en la práctica) es el endurecimiento de posturas entre los países miembros de la UE frente a la competencia desleal de China. La política de "beggar thy neighbor" o abusar del vecino para enriquecerse es algo que se puede tolerar temporalmente a países pequeños como Corea del Sur, pero no permanentemente a gigantes como China. El efecto neto ya ha sido devastador para la industria europea, y desde que EEUU ha endurecido su acceso, el exceso de producción subvencionada de China no tiene muchas más salidas viables que la Unión Europea.
Aunque hay países, como España, que por diferentes razones (algunas siendo instruidas en Plaza de Castilla) eligen plegarse a las tesis chinas, los mayores países de la Unión ya están reaccionado desde hace tiempo. El 18 por la noche, cuenta Político que varios líderes (incluyendo al presidente belga y a varios asistentes al G7) instaron a la Comisión a preparar y afilar nuevas herramientas que poner en marcha contra esta marea, y especialmente contra la parte que se puede llamar dumping. Wang Wentao, ministro de comercio chino, estará en Bruselas a finales de mes, en lo que se espera que sean conversaciones bastante tensas.
La percepción es que la cuestión ya es urgente y que la implementación de esas medidas proteccionistas tendrá consecuencias en el (ya limitado, pero aún así muy lucrativo para algunos) acceso europeo a los mercados chinos. La Comisión está intentando averiguar hasta qué punto los países miembros están dispuestos a afrontar esas consecuencias. Hasta hace poco, Alemania parecía la menos dispuesta a perder acceso, pero las cosas están cambiando muy deprisa.
En una primera fase a corto plazo, veremos el uso más intenso de herramientas que ya existen (protección contra empresas y productos que se sabe que compiten deslealmente). A medio plazo se legislarán medidas más agresivas (capaces de bloquear sectores o de cambiar la carga de la prueba, obligando a demostrar que se compite de acuerdo a las normas antes de acceder al mercado europeo).
La división entre los líderes en este tema sigue las mismas líneas que entre "frugales" y "cohesionadores". Los países que quieren apostar por modernizar la economía y mantenerla competitiva son los mismos que se oponen a mantener el presupuesto centrado en convergencia y apoyo al gasto. Es decir, norte y este frente al sur menos productivo, y España liderando la postura de más gasto social y agrario y menos dureza con China, frente a los frugales que quieren usar el dinero para mantener Europa competitiva y cerrar las puertas al dumping del gigante asiático (Alemania, Suecia, Holanda, Austria).
Hay que tener en cuenta que China no es el único jugador intentando progresar con políticas asimétricas ("beggar thy neighbor" dicho con amabilidad). Los EEUU de Trump ya han puesto palos en las ruedas de la UE en los sectores en los que es más competitiva o donde quieren proteger sectores sensibles. No son el mismo tipo de palos, o al menos no tienen la misma escala: los mercados estadounidenses siguen abiertos y sus subvenciones a sus productores serían ilegales en Europa pero no son desproporcionadas como en China.
La UE ya jugó a la sumisión con Trump, aceptando sus tarifas unilaterales y perdiendo competitividad en ese mercado. La situación de dependencia tecnológica e industrial es uno de los factores que se traducen en que el nivel de vida europeo esté progresando mucho menos que el estadounidense desde hace dos décadas, como ha mostrado el profesor Garicano en el debate que mantiene en las últimas semanas con los que relativizan el problema.
Que Europa no sea tan competitiva como otros no es nuevo. Lo que parece nuevo es que por fin los decisores del continente están asumiendo que tienen que hacer algo para cambiarlo, y que ese algo va a costar. En dinero, y en políticas a las que nos hemos hecho muy aficionados pero no nos podemos permitir, como la descarbonización acelerada o subvencionar las pensiones españolas con fondos no previstos para ello.