Julio: electricidad a precios de crisis, esta vez sin alarma

Imagen generada con IA.
Hubo un tiempo en España en que una subida del 8% en el precio de la energía bastaba para que las televisiones abrieran sus informativos con ancianos envueltos en mantas, familias condenadas a elegir entre comer o encender la calefacción y expertos explicando, con gesto compungido, la tragedia de la pobreza energética. Gobernaba el Partido Popular y el relato estaba servido.
Tres años después, en enero de 2021, ya con Sánchez y Ribera, el mercado eléctrico mayorista superó los 100 €/MWh, el mayor precio de su historia; durante unos días abrió informativos, llenó tertulias y resucitó el debate sobre la pobreza energética. P ero Ribera concluyó que era algo coyuntural y cosa de “pocos eurillos”. Pocos meses después, en junio, llegó el primer Real Decreto Ley con tímidas medidas tratando de contener la espiral ascendente. Después, llegó la invasión de Ucrania, la crisis energética y el gran apagón.
Este julio de 2026, el mercado diario ha promediado 104,75 €/MWh, un 51% más que en junio y casi un 50% más que un año antes. Sin embargo, el ruido político y mediático ha sido bastante menor. Pareciera que la pobreza energética se va de vacaciones en verano, porque los indicadores oficiales miden la posibilidad de caldear los hogares en invierno, pero no la capacidad de refrigerarlos en los meses del calor.
Esa necesidad de refrigerar los hogares disparó la demanda eléctrica nacional hasta los 25.144 GWh, un 6,9% más que en julio de 2025 y el mayor registro mensual desde enero de 2008. Incluso corregidos los efectos de temperatura y laboralidad, aumentó un 3,5%. El calor elevó el consumo precisamente cuando el gas europeo se movía en niveles cercanos a 60 €/MWh, el doble que antes del inicio de la guerra en el estrecho de Ormuz. Y cuando la generación renovable y nuclear no cubre determinadas horas, los ciclos combinados entran en la casación y trasladan al precio eléctrico el coste del combustible, de los derechos de CO2 y de su menor rendimiento térmico.
Lo paradójico es que julio también fue un mes de récord renovable. Las tecnologías renovables produjeron 14.699 GWh, el 54,1% del total, y la fotovoltaica alcanzó 7.696 GWh, un 22,2% más que un año antes. Aun así, el ciclo combinado fue la segunda tecnología del sistema, con el 20,1% de la generación. Pese a los intentos del relato del gobierno en sostener la mínima influencia del gas en nuestra generación eléctrica y, por tanto, menor afectación de la crisis en Ormuz, la fotografía de nuestro sistema eléctrico es irrebatible: mucha solar abarata las horas centrales, pero al caer el sol seguimos necesitando generación gestionable, reservas y control de tensión. El precio mensual acaba siendo la media entre horas muy baratas y otras cada vez más caras.
Por eso conviene mirar la factura completa y no únicamente OMIE. El hogar medio acogido al Precio Voluntario del Pequeño Consumidor (PVPC) pagó en julio unos 77,84 euros, un 16,8% más que en junio. La reforma del PVPC amortigua parte de la volatilidad porque desde 2026 incorpora un 55% de referencias de mercados a plazo y sólo un 45% de señal diaria e intradiaria. Pero amortiguar no significa inmunizar. El precio medio antes de impuestos del término de energía para el PVPC se situó alrededor de 162,5 €/MWh, prácticamente el mismo nivel que en julio de 2021, cuando alcanzó 163,2 €/MWh y el país vivía pendiente de cada céntimo de la luz.
La comparación con 2021 es aún peor si se refiere al propio el mercado mayorista. Entonces julio promedió 92,42 €/MWh; ahora, 104,75 €/MWh, un 13,3% más. En 2018, el promedio de julio fue 47,68 €/MWh. Es decir, hemos duplicado ampliamente el precio del mercado respecto al año en que Sánchez llegó al Gobierno. No toda la culpa de este dato es del gobierno, porque influye la situación de los mercados internacionales del gas. Pero si gran parte de la culpa, porque se empeñó en hacernos más dependientes del gas, retrasando el despliegue del almacenamiento y, sigue empeñado, en prescindir de la nuclear.
Pero la culpa y la responsabilidad es total en lo que depende de la parte regulada. El dato más revelador está en los servicios de ajuste. En 2018, eran alrededor de 3 €/MWh. Este julio han rondado los 21,79 €/MWh: más de siete veces. Son servicios imprescindibles para que generación y demanda estén equilibradas en cada instante y para mantener la red dentro de sus límites de seguridad. Cuando el desequilibrio es mayor, los costes son mayores; ya venían aumentando mucho antes del apagón, pero después se han disparado y se han convertido en una segunda factura invisible dentro de la factura.
Y no parece un accidente de julio. En febrero de 2026 los servicios de ajuste aportaron 24,45 €/MWh, el 57,4% del precio final de la energía; en marzo fueron 27,84 €/MWh, el 38,4%. Sólo en junio costaron 361,7 millones de euros, y las restricciones técnicas concentraron 347,1 millones. El mercado diario puede bajar en determinadas horas, pero una parte creciente de ese ahorro se pierde después reprogramando centrales, contratando reservas o resolviendo congestiones, que es donde el ciclo combinado de gas hace su agosto.
Éste es el problema estructural. España ha instalado renovables con enorme rapidez, pero no ha desarrollado al mismo ritmo las redes, el almacenamiento, la flexibilidad de la demanda y los recursos de gestión necesarios para integrarlas eficientemente. En julio, baterías y bombeo absorbieron 906 GWh y devolvieron 510 GWh a la red, magnitudes anecdóticas frente a una demanda superior a 25.000 GWh y a una producción fotovoltaica concentrada en pocas horas. Instalar más megavatios no basta si después hay que pagar cada vez más para ordenar el sistema. El gobierno perdió muchos años en el impulso del almacenamiento y solo tras el apagón se puso con las pilas manos a la obra.
Y estos altos precios de la electricidad, que dilapidan la ventaja que nos dan las energías renovables, y del que sesgadamente presume Sánchez, aumenta la pobreza energética en nuestro país. En la España de Sánchez, la pobreza energética constituye un problema estructural que ha alcanzado récords de impacto en los últimos años.
Según el avance del XVI Informe sobre el Estado de la Pobreza, en 2025, 7,8 millones de personas, un 15,9% de la población española, no pudo mantener su vivienda a una temperatura adecuada en invierno y 4,5 millones (9,3%) sufrió retrasos en el pago de suministros de electricidad, gas o agua. Desde 2019, el primer indicador se ha más que duplicado, desde el 7,6%, y los impagos han pasado del 6,6% al 9,3%. Habría que saber que sucedió con los que no pueden refrigerar su vivienda en verano. Si en invierno la situación ha empeorado, cabe presumir que en verano ha debido ser aún peor, con las crecientes y altas temperaturas que padecemos en España.
Estamos entre los peores de Europa. Los porcentajes más altos de personas que no pudieron mantener sus hogares adecuadamente calientes en 2024 se observaron en Bulgaria y Grecia, ambas con un 19%. A continuación, se situaron Lituania, con un 18%, y España, con un 17,5%
La pobreza energética no ha desaparecido ni se ha reducido, sino que se ha multiplicado desde que el PP no gobierna, pero el debate ha dejado de ser útil para quienes construían y difundían el relato en 2018 como emergencia nacional que exigía la dimisión de Rajoy.
El Gobierno no fija el precio internacional del gas, pero sí decide los impuestos, los cargos, la regulación y el ritmo al que se preparan las redes. También decidió condicionar determinadas rebajas fiscales del último Real Decreto-ley a una fórmula vinculada al IPC que no se activó en agosto, precisamente cuando las facturas recogen el encarecimiento de julio. A veces las ayudas de Sánchez tienen un extraño sentido de la oportunidad, porque se anuncian, pero luego no se desembolsan.
La ventaja renovable española es real y constituye una oportunidad extraordinaria. Pero sólo se convertirá en electricidad estable y competitiva si podemos usar esa energía cuando se necesita y sin multiplicar después el coste de mantener el sistema seguro. Julio deja una conclusión bastante menos vistosa que cualquier gráfico de potencia instalada: podemos tener récords renovables y, al mismo tiempo, precios propios de una crisis energética. La electricidad, por desgracia, no se abarata con relatos.