El capital y el talento pueden elegir dónde ir
España se juega su futuro económico en una carrera donde las empresas y los profesionales ya pueden elegir dónde instalarse.

Investigadora
Durante demasiado tiempo hemos hablado del futuro como si fuera algo que estuviera por llegar. La inteligencia artificial, la automatización, la falta de profesionales cualificados, los centros de datos, la energía necesaria para sostener la nueva economía digital o la transformación del empleo parecían asuntos reservados para informes, congresos y expertos.
Ya no.
El futuro ha empezado a trabajar y lo está haciendo mucho más deprisa de lo que nuestras administraciones, nuestro sistema educativo y, probablemente, nosotros mismos estamos siendo capaces de asumir.
Llevo años trabajando en asuntos relacionados con la ciencia, la innovación y la universidad y cada vez tengo más clara una cosa: el gran debate de los próximos años no será únicamente cuánto empleo va a destruir la inteligencia artificial, sino qué países van a ser capaces de aprovecharla para crear más riqueza, mejores empleos y más oportunidades.
Porque la tecnología cambia, pero hay una regla económica que permanece: para crecer hacen falta inversión y personas capaces de convertir esa inversión en valor. Y hoy ambas cosas pueden marcharse.
La paradoja española resulta especialmente llamativa. Tenemos todavía un desempleo elevado y, al mismo tiempo, empresas que no encuentran los profesionales que necesitan. En el segundo trimestre de este año había 143.359 puestos de trabajo sin cubrir en España. El propio SEPE reconoce que la falta de candidatos, de experiencia y de competencias técnicas está detrás de buena parte de estas dificultades.
No parece muy sensato resignarnos a convivir con personas buscando trabajo y empresas buscando trabajadores sin conseguir encontrarse.
Algo estamos haciendo mal
Y a ese problema se suma otro del que tampoco deberíamos tener miedo a hablar: el absentismo. En el primer trimestre de 2026, alrededor de 1,6 millones de trabajadores se ausentaron cada día de su puesto de trabajo y se perdió el 7,2 % de las horas pactadas. Naturalmente, detrás de muchas bajas existen enfermedades y circunstancias personales que merecen toda la protección. Pero reconocerlo no debería impedirnos analizar un fenómeno que está adquiriendo una dimensión económica difícil de ignorar. Defender derechos laborales y exigir responsabilidad no son conceptos incompatibles.
Mientras discutimos estas cuestiones, el mundo no espera.
Y compite por algo que durante décadas quizá dimos demasiado por supuesto: el capital y el talento.
Hoy ninguno de los dos tiene obligación de quedarse. Una empresa puede decidir dónde invertir. Un investigador puede elegir en qué país desarrollar su carrera. Un ingeniero formado en una universidad española puede trabajar desde cualquier lugar para una compañía situada a miles de kilómetros. Y una multinacional puede instalar una infraestructura tecnológica en España o cruzar la frontera si encuentra mejores condiciones.
Por eso la pregunta no debería ser únicamente cuánto queremos invertir en inteligencia artificial, sino qué estamos haciendo para conseguir que quienes tienen capacidad para invertir y quienes tienen talento para innovar elijan España.
Los centros de datos son probablemente uno de los mejores ejemplos. La expansión de la inteligencia artificial está multiplicando la necesidad de capacidad de computación y, con ella, la necesidad de energía. Según las estimaciones de SpainDC, el sector podría movilizar en España 66.900 millones de euros de inversión hasta 2030, con un impacto anual sobre el PIB de 7.300 millones al final de la década. No estamos hablando, por tanto, de una discusión tecnológica para especialistas. Estamos hablando de inversión, empleo y crecimiento.
España tiene condiciones extraordinarias para aprovechar esa oportunidad: suelo, capacidad renovable, buenas infraestructuras, profesionales cualificados y una posición geográfica privilegiada. Pero conviene no confundir tener condiciones con tener garantizado el resultado.
Porque las inversiones necesitan energía disponible, redes capaces de transportarla, seguridad jurídica y administraciones que comprendan algo bastante elemental: el capital también sabe cruzar fronteras.
Una inversión que espera indefinidamente una autorización termina buscando otro lugar. Y cuando se marcha una inversión no se van solamente millones de euros. Se van proveedores, empleo, conocimiento, innovación y oportunidades.
Pero hay algo todavía más importante que las infraestructuras: las personas.
La inteligencia artificial nos obliga a replantearnos qué enseñamos y, sobre todo, para qué enseñamos. En un mundo en el que una máquina puede redactar, programar, traducir, resumir documentos o resolver determinadas operaciones en segundos, acumular información en la memoria ya no puede ser el objetivo principal de nuestro sistema educativo.
Nuestros jóvenes tendrán que saber hacer algo mucho más difícil: comprender lo que leen, razonar, interpretar datos, formular las preguntas adecuadas y detectar cuándo una inteligencia artificial se equivoca.
Necesitamos matemáticas, ciencia, tecnología y formación profesional. Pero también comprensión lectora, pensamiento crítico, creatividad y capacidad de comunicación. Precisamente porque tendremos máquinas cada vez más capaces, necesitaremos personas cada vez mejor formadas.
Y aquí es donde, a mi juicio, España se juega buena parte de su futuro.
Podemos aprobar estrategias digitales, regular la inteligencia artificial y anunciar millones para innovación. Todo eso puede ser necesario. Pero ninguna estrategia tecnológica servirá de mucho si nuestras empresas no encuentran trabajadores cualificados, nuestros investigadores terminan desarrollando sus carreras fuera o nuestros jóvenes salen del sistema educativo sin las competencias que necesitarán para desenvolverse en el mundo que viene.
España no puede competir únicamente con salarios. Tiene que competir con conocimiento, productividad, innovación y seguridad jurídica. Tiene que ser un país donde merezca la pena estudiar, investigar, emprender, contratar e invertir.
Y para conseguirlo tendremos que tomar decisiones. Algunas probablemente incómodas. Simplificar burocracia. Evaluar políticas públicas. Conectar mucho mejor la universidad y la formación profesional con las necesidades reales de las empresas. Apostar de verdad por la ciencia. Garantizar energía competitiva. Facilitar la inversión. Y recuperar algo de lo que hablamos menos de lo que deberíamos: la cultura del esfuerzo y de la responsabilidad.
Porque el futuro económico de España no dependerá únicamente de cuánto dinero público seamos capaces de movilizar. Dependerá de algo bastante más difícil: de nuestra capacidad para construir un país en el que quien tenga una idea quiera desarrollarla, quien tenga talento quiera quedarse y quien tenga capital quiera invertir.
La inteligencia artificial seguirá avanzando. La economía seguirá transformándose. Y otros países seguirán compitiendo.
Nosotros podemos seguir hablando del futuro como si todavía estuviera por llegar.
Pero ya ha llegado.
Y ahora que el capital y el talento pueden elegir dónde ir, la verdadera pregunta es mucho más sencilla:
¿Qué estamos haciendo para que elijan España?