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El horizonte de la inmigración regulada: recetas para un Pacto de Estado necesario

El espejo de Canadá y Australia: un modelo de puntos y regularización para España. Solo mediante cuotas técnicas reguladas, incentivos culturales basados en el idioma y un control infranqueable de las vías de acceso, podremos transformar el reto migratorio en una oportunidad de progreso y cohesión social duradera para todo el país

Varios migrantes recogen comida y bebida de Cruz Roja en la playa del Trampolín.

Varios migrantes recogen comida y bebida de Cruz Roja en la playa del Trampolín.MARCOS MORENO

El debate sobre la gestión migratoria en España se ha convertido, a menudo, en un escenario de confrontación electoral excesivamente polarizado. Sin embargo, cuando se analizan las necesidades reales del tejido productivo y las demandas de la sociedad, emerge un consenso pragmático subrayado por economistas, empresarios y analistas sociales: nuestro país necesita mano de obra de forma estructural, pero esta riada humana debe canalizarse a través de la regulación, la planificación y un pacto de estado firme. Un acuerdo nacional que sobreviva a los cambios de gobierno y que sustituya la improvisación actual por un modelo de futuro sólido, inspirado en los referentes de gestión de otras potencias mundiales.

El choque entre la necesidad económica y el descontrol fronterizo

Actualmente, España convive con una paradoja sectorial crónica. Por un lado, el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) publica trimestralmente un catálogo de ocupaciones de difícil cobertura de carácter muy restrictivo, centrado en perfiles muy específicos. Por otro, sectores vitales para la economía como la hostelería, la agricultura, la construcción o los servicios sociosanitarios sufren una escasez endémica de personal. Las empresas encuentran trabas burocráticas monumentales para llevar a cabo contrataciones regulares directamente en los países de origen, lo que colapsa el crecimiento potencial y empuja determinadas actividades hacia la economía sumergida.

Esa rigidez burocrática contrasta frontalmente con la realidad de las fronteras exteriores. Crisis como la de Ceuta, donde de repente decenas de miles de personas acceden de forma irregular estimuladas por campañas digitales de desinformación en redes sociales y vacíos geopolíticos, evidencian la debilidad de un sistema que actúa a golpe de reacción. Estas entradas masivas no sólo desbordan los recursos asistenciales y municipales de ciudades enteras, sino que alimentan la sensación de descontrol institucional.

Para que un modelo migratorio funcione, el estricto y coordinado control de las fronteras bajo el paraguas del es una condición indispensable para garantizar la seguridad del Estado y, al mismo tiempo, proteger el derecho a una integración digna.

Tres preguntas clave: quién, cómo y para qué

Cualquier intento de diseñar un pacto de estado serio debe empezar por responder de manera honesta a tres preguntas fundamentales: quién queremos que venga, cómo debe llegar y para qué.

La primera pregunta, el quién, se ha de atender priorizando una lógica funcional de mercado, complementada por el derecho humanitario inexcusable que dicten los tratados de asilo internacional. España puede necesitar médicos, arquitectos, camioneros o camareros, u otros perfiles altamente cualificados y oficios técnicos.

En esta selección, el factor del idioma juega un papel facilitador clave. La legislación ya reconoce de forma natural el vínculo histórico y cultural con los países iberoamericanos, permitiendo el acceso a la nacionalidad en solo dos años. Potenciar la llegada de aquellos que comparten el español acelera exponencialmente la integración sociocultural y la inmediatez de la inserción sociolaboral.

La segunda cuestión, el cómo, es el pilar de la regulación formal. Un modelo ordenado exige que el migrante viaje exclusivamente con un visado en regla obtenido en las embajadas u oficinas de tramitación en origen, previamente vinculado a una plaza formativa o a un contrato firmado. Para que esta vía sea atractiva, el Estado debe simplificar el aparato administrativo, terminando con uno de los grandes cuellos de botella actuales: el bloqueo y la demora de varios años en la homologación de títulos universitarios y profesionales extracomunitarios, que condena al talento calificado a la precariedad temporal.

Finalmente, la cuestión del para qué debe combinar dos realidades legales. Por un lado, el establecimiento residencial fijo de aquellas personas que buscan construir un proyecto de vida a largo plazo, contribuyendo con sus impuestos a paliar el grave invierno demográfico que amenaza la sostenibilidad de las pensiones. Por otro, una mayor apuesta por la migración circular a través de programas fijos: contrataciones ligadas a campañas o períodos estacionales específicos donde el trabajador se incorpora directamente y, una vez finalizado el servicio, regresa a su país de origen con plenas garantías económicas, rebajando la presión constante sobre las infraestructuras sociales.

Los espejos internacionales: Canadá y Australia

Cuando se busca viabilidad para estas propuestas, países como Canadá o Australia se alzan como grandes modelos de éxito. Ambas naciones utilizan un sistema transparente de selección basado en puntos (Express Entry y SkillSelect). En estos portales públicos, los candidatos extranjeros aplican en función de su edad, experiencia laboral, dominio de los idiomas y competencias. Si el mercado nacional sufre una urgencia extrema de arquitectos o carpinteros, la agencia de gobierno modifica informáticamente los criterios de corte para priorizar de inmediato estos perfiles.

El secreto de estos modelos es su naturaleza institucional: la planificación de los flujos migratorios no se utiliza como un arma arrojadiza en campañas electorales. Está en manos de agencias técnicas y económicas autónomas que publican cuotas y objetivos anuales estrictos en función de las carencias reales de las empresas y de la capacidad de absorción del mercado de la vivienda. De esta forma, se desactiva cualquier incentivo para el acceso irregular, al tiempo que la sociedad civil mantiene una percepción muy alta de apoyo hacia la inmigración regular, entendida como una herramienta de impulso económico mutuo.

El imperativo de un consenso sin siglas

El cambio hacia una inmigración verdaderamente ordenada en España requiere altura de miras. Con procesos temporales de regularización extraordinaria en marcha o reformas continuadas de reglamentos de extranjería. El tejido productivo exige estabilidad jurídica. Un Pacto de Estado debe aislar la gestión migratoria de las convulsiones de los ciclos políticos de cuatro años, fijando unas reglas de juego transparentes y previsibles de cara a las próximas décadas. Solo mediante cuotas técnicas reguladas, incentivos culturales basados en el idioma y un control infranqueable de las vías de acceso, podremos transformar el reto migratorio en una oportunidad de progreso y cohesión social duradera para todo el país.

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