La deuda mundial alcanza los 365 billones y enciende las alarmas financieras

El endeudamiento global sigue creciendo mientras Estados Unidos, Europa y Japón afrontan rentabilidades de los bonos desconocidas durante décadas y el coste de refinanciar gobiernos y empresas amenaza con convertirse en el verdadero problema

Edificio del Tesoro de Estados Unidos EUROPA PRESS 18/11/2010EUROPA PRESS

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Finalizado el tercer trimestre de 2026, con un precio del petróleo por las nubes como consecuencia de tensiones geopolíticas que, además, generan unas presiones no vistas en años respecto a la inflación, se puede decir que en la economía mundial hay una cifra que explica buena parte de las tensiones financieras con las que el mundo afronta el último trimestre de 2026: 365 billones de dólares.

Esta abultada cifra corresponde al total de la deuda acumulada por gobiernos, empresas, hogares y entidades financieras en más de un centenar de economías, según señala el Instituto Internacional de Finanzas. Sólo durante el primer semestre del presente año, el endeudamiento mundial ha aumentado en 10 billones de dólares, encadenando una serie de seis trimestres consecutivos de incremento.

Ante esta circunstancia, lo que realmente preocupa a los mercados no es únicamente cuantificar cuánto se debe, sino evaluar cuánto cuesta seguir financiando esa deuda. Durante más de una década, los bancos centrales han facilitado un entorno excepcional de tipos de interés muy bajos, dando lugar a que gobiernos y empresas pudieran refinanciarse a costes reducidos, acumulando deuda sin que el pago de intereses se convirtiera inmediatamente en el principal problema.

Pero, en la actualidad, este escenario ha cambiado, tal y como se comprueba en los mercados de bonos, que están exigiendo rentabilidades más altas. Al mismo tiempo, los gobiernos necesitan emitir más deuda para financiar déficits, defensa, energía, infraestructuras y nuevas inversiones, lo que genera que los costes de financiación pública hayan aumentado con fuerza en las principales economías. El problema ya no es sólo que exista deuda, sino qué ocurre cuando llega el momento de refinanciarla a tipos mucho más altos.

Un claro ejemplo de esta situación es Estados Unidos, donde la deuda federal ha superado los 40 billones de dólares, generándose un problema en el que concurren tres factores: volumen de deuda, déficit presupuestario y coste de financiación. En este mercado se ha comenzado a exigir una prima considerablemente mayor y el bono a diez años ha llegado a situarse por encima del 5% de rentabilidad, lo que ha colocado a los bonos estadounidenses en el centro de la preocupación de los inversores. El 24 de septiembre, el rendimiento a diez años llegó aproximadamente al 5,23%, después de alcanzar su nivel más elevado desde 2007.

Este parámetro se amplifica debido a que Estados Unidos tiene que refinanciar de manera continuada una parte importante de su deuda, lo que da lugar a que los principales bancos de Wall Street esperen que el país pueda emitir una cifra cercana al billón de dólares adicional a corto plazo durante los próximos doce meses. Esta emisión adicional permite gestionar las necesidades inmediatas, aunque incrementa el riesgo de refinanciación, lo que da lugar a que, cuanto mayor sea la proporción de deuda, mayor será la exposición del Tesoro a los tipos de interés que deberá ofertar en el futuro.

En Europa es distinto

Respecto a la situación de la deuda en Europa, el mapa es completamente distinto, ya que la deuda pública de la zona euro ha alcanzado el 88,9% del PIB en el primer trimestre de 2026, frente al 87,7% registrado a finales de 2025, mientras que en el conjunto de la Unión está cuantificada en el 82,9%. Esta media europea esconde diferencias enormes, como es el caso de Grecia, con una deuda equivalente al 143,5% de su PIB; Italia, con el 138,9%; Francia, con el 117,6%; Bélgica, con el 109,1%; y España, con el 101,6%.

Estas diferencias entre los países de la Unión dejan ver que no existe una única crisis de deuda europea, ya que cada país afronta el problema desde una posición fiscal diferente.

En el caso de Francia, combina una deuda elevada con fuertes necesidades presupuestarias; Italia mantiene una deuda muy elevada respecto al tamaño de su economía, mientras que España se encuentra ligeramente por encima del 100% del PIB. Por otro lado, Alemania, asociada a una política fiscal más conservadora, está incrementando sus necesidades de financiación como consecuencia del aumento del gasto en defensa e infraestructuras.

En este sentido, y teniendo en cuenta que el marco fiscal europeo está sometido a presión, el Consejo Fiscal Europeo ha advertido de que el uso creciente de excepciones a las nuevas reglas fiscales puede deteriorar la credibilidad del marco presupuestario comunitario, ya que estas reglas mantienen como referencias un déficit del 3% y una deuda del 60% del PIB, a pesar de que se permiten determinadas flexibilidades. Esto provoca que Europa necesite gastar más cuando financiar ese gasto resulta más caro.

Analizando el tercer eje de lo que supone la economía mundial, Japón es precisamente el país que representa mejor que nadie el cambio de ciclo. Durante décadas ha convivido con tipos de interés cercanos a cero, una inflación reducida y una política monetaria extraordinariamente expansiva, lo que dio lugar a un mercado con rentabilidades extremadamente bajas. Hoy en día, el rendimiento del bono japonés a diez años ha llegado a un nivel no alcanzado desde 1996: el 3%.

Durante largos periodos de tiempo, estos bajos rendimientos de la deuda japonesa dirigieron la mirada de sus inversores hacia Europa y Estados Unidos. En la actualidad, parte de ese capital que se invertía en el extranjero retorna a su propio mercado, cambiando el cálculo de rentabilidad y riesgo para los grandes inversores institucionales y haciendo que ese retorno de capitales pueda resultar negativo para Estados Unidos y Europa.

Centrándonos ya en España como último elemento de análisis, la evolución española ha sido relativamente favorable en términos comparativos, puesto que la ratio de deuda sobre el PIB cayó 1,7 puntos porcentuales respecto al primer trimestre de 2025. A pesar de ello, los bonos españoles deberán emitirse en el futuro con tipos más exigentes, afectando directamente a la economía. Los bancos pueden beneficiarse de estos tipos altos, mejorando determinados márgenes financieros, pero también afrontan un mayor coste de financiación y el posible deterioro de la capacidad de pago de algunos clientes.

Para las empresas altamente endeudadas, por el contrario, el principal problema será la carestía de la refinanciación de préstamos. Es el caso, por ejemplo, del sector inmobiliario, donde unos tipos elevados durante un periodo prolongado pueden reducir la capacidad de compra de los hogares y elevar las exigencias de rentabilidad de los inversores.

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Todo este conglomerado de datos respecto a la deuda hace que el bono pueda competir con la bolsa o renta variable, partiendo de la posibilidad de obtener una rentabilidad elevada mediante la compra de deuda pública, considerada de bajo riesgo en comparación con el que supone la compra de acciones.