La distancia entre el PIB y la calle
Entre el crecimiento del PIB y el precio de una casa existe una distancia cada vez mayor: la que separa las estadísticas de la vida cotidiana

Decenas de personas acampadas, en la Puerta del Sol.
Esta semana he sentido miedo caminando por la Puerta del Sol. Lo escribo y todavía me resulta extraño. Madrid ha sido durante casi ocho años una ciudad que me ha acogido y en la que siempre me he sentido libre. Pero esta semana, atravesando el corazón de la capital, tuve ganas de salir de allí cuanto antes.
Había una protesta por la vivienda, una preocupación que entiendo perfectamente. ¿Cómo no entenderla? Vengo de un pequeño municipio de Cantabria, soy madre y conozco la realidad de jóvenes que trabajan y no pueden independizarse, de familias que hacen números para pagar una hipoteca o un alquiler y de personas que empiezan a pensar que comprar una casa quizá quede definitivamente fuera de su alcance. La vivienda no es un problema inventado ni una preocupación fabricada políticamente. Es una realidad que está condicionando la vida de muchísima gente.
Mientras atravesaba Sol vi grupos de jóvenes y, en algunos de ellos, un consumo de alcohol que me llamó la atención. Escuché gritos de «fascistas» y hubo miradas que me resultaron intimidatorias. Iba con unos vaqueros, una camiseta y una americana. Nada más. Sería injusto decir que mi experiencia representa a todas las personas que estaban allí. Evidentemente, no es así. Pero mientras intentaba salir de la plaza pensé en cómo hemos llegado hasta este punto. ¿Qué ocurre cuando un problema económico se deja crecer durante años hasta convertirse también en frustración social?
Porque detrás del ruido hay preguntas bastante sencillas: cuánto cuesta una casa, cuánto queda del sueldo después de pagarla, cuándo puede independizarse un joven o cuánto riesgo está dispuesto a asumir quien invierte sus ahorros.
Y los números son bastante claros. El precio de la vivienda aumentó un 12,2 % interanual en España en el segundo trimestre de este año. La vivienda usada lo hizo un 12,9 %. En Cantabria, el incremento llegó al 13,5 %. Hay otro dato que ayuda a entender la dimensión del problema: según el último análisis disponible del Banco de España, con datos de 2024, un hogar no propietario necesitaba el equivalente a 6,8 años de su renta neta para comprar una vivienda en su municipio. Entre los menores de 35 años eran 7,1 años. Son cifras que explican bastante bien por qué la vivienda ha dejado de ser simplemente un asunto económico para convertirse en una de las grandes preocupaciones sociales.
Mientras discutimos sobre responsabilidades, muchas familias comprueban que aquello que ya les resultaba difícil hace un año hoy lo es todavía más. Hay jóvenes que reciben una subida salarial y descubren que la vivienda se encarece mucho más deprisa. Hay propietarios que, ante cada cambio normativo, vuelven a hacer números antes de decidir si alquilan. Y hay parejas que retrasan decisiones importantes porque sencillamente no saben dónde podrán vivir. Eso también es economía, aunque pocas veces aparezca en los grandes titulares macroeconómicos.
Esta misma semana el Gobierno ha vuelto a hablar de emergencia habitacional y ha aprobado nuevas medidas sobre vivienda. Algunas podrán ayudar a determinadas familias y habrá que juzgarlas por sus resultados. Pero después de ocho años en La Moncloa hay una pregunta inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Porque cuando un Gobierno lleva tanto tiempo gestionando un país, los problemas que se encuentra dejan de ser siempre problemas heredados o circunstancias sobrevenidas. En algún momento pasan a formar parte también de su balance.
Y aquí aparece una paradoja. España crece. Es verdad. El PIB aumentó un 2,6 % interanual en el segundo trimestre y sería absurdo negar los buenos datos cuando existen. Pero también conviene mirar un poco más allá. Mientras el PIB avanzaba, la productividad por hora efectivamente trabajada retrocedía un 0,2 % y la demanda exterior restaba 0,9 puntos al crecimiento. Al mismo tiempo, el consumo de los hogares aumentaba un 3,5 % y la inversión un 5 %. Hay datos buenos y otros que deberían preocuparnos. Reconocer unos no obliga a esconder los otros.
La pregunta, para mí, es cuánto de ese crecimiento llega realmente a la vida de las personas. Porque la economía no es solo el PIB. También es poder emanciparse, ahorrar algo después de pagar el alquiler o plantearse tener un hijo sin que necesitar una habitación más se convierta en un problema. Es que una pequeña empresa se atreva a contratar y que un autónomo pueda hacer planes sin preguntarse continuamente cuáles serán las reglas dentro de unos años. Al final, crecer debería servir para algo bastante sencillo: para que trabajar, ahorrar, emprender o formar una familia permita avanzar.
Y volvamos a la vivienda. Podemos discutir sobre fiscalidad, alquileres, vivienda pública, rehabilitación o colaboración público-privada. Seguramente tendremos que utilizar varias de esas herramientas a la vez. Pero hay algo difícil de discutir: necesitamos más vivienda allí donde existe demanda. Hace falta suelo, construcción, rehabilitación, licencias más ágiles y cooperación entre administraciones. Y hace falta seguridad jurídica para que el ahorro privado también quiera participar. Podemos regular mejor lo que tenemos, proteger a quien lo necesita o establecer ayudas. Pero si no aumenta la oferta, seguiremos administrando la escasez.
La seguridad jurídica tampoco es una cuestión teórica. Cada cambio en las reglas modifica decisiones. Una persona que tiene una vivienda decide si la alquila, la vende o la mantiene vacía. Una empresa que quiere construir calcula costes, plazos y riesgos. Quien va a invertir necesita saber con qué reglas tendrá que trabajar dentro de unos años. Y quien busca un alquiler necesita, antes que nada, encontrar una vivienda disponible. A veces nos concentramos tanto en el efecto inmediato de una medida que olvidamos preguntarnos qué consecuencias puede tener dentro de cinco años.
Ese ha sido, a mi juicio, uno de los problemas de estos años de Gobierno de Pedro Sánchez. Demasiadas veces hemos visto primero aparecer el problema, después el anuncio y finalmente el decreto. Si el problema continúa, llega otra medida. Y, entretanto, comienza la discusión sobre quién tiene la culpa. Ocho años son tiempo suficiente para reivindicar los aciertos, que los hay, pero también para responder por aquello que no ha funcionado. No tiene demasiado sentido atribuirse cada buen dato de crecimiento o empleo y tratar los problemas estructurales como si acabaran de aparecer.
Hay además algo que no suele medirse y que también tiene consecuencias económicas: el clima de confrontación permanente. Para invertir, contratar, comprar una vivienda o abrir un negocio hace falta una cierta estabilidad. También ayuda vivir en una sociedad en la que no todo termine convertido en una pelea entre propietarios e inquilinos, empresarios y trabajadores, jóvenes y mayores. Podemos discrepar, naturalmente. De hecho, debemos hacerlo. Pero convertir cada problema en una batalla entre dos bandos quizá sirva para la política de cada día. No estoy segura de que sirva para construir un país a largo plazo.
Quizá por eso lo que más me preocupó esta semana en Sol no fueron los gritos. Fueron las miradas. La sensación de que alguien puede decidir quién eres y qué piensas antes siquiera de hablar contigo. Mientras salía de aquella plaza pensé que esa desconfianza acaba llegando también a otros ámbitos. Cuando no sabes qué reglas habrá mañana, cuando empiezas a ver al otro como un adversario permanente o cuando dudas de que tu esfuerzo vaya a servir para avanzar, es mucho más difícil hacer planes.
Y ahí pienso inevitablemente en mis hijas. Quiero que puedan comprar o alquilar una casa con el fruto de su trabajo. Que puedan desarrollar su carrera profesional en España si así lo desean y formar una familia sin sentir que hacerlo es un privilegio. Que puedan ahorrar, emprender o equivocarse y volver a intentarlo. Que puedan manifestarse cuando consideren que algo es injusto y escuchar a quien piensa exactamente lo contrario. Y, por supuesto, que puedan atravesar una plaza sin sentir que alguien las considera enemigas por cómo visten, por lo que piensan o por lo que otros imaginan que piensan.
España está creciendo y eso es una buena noticia. Pero precisamente por eso creo que podemos exigirnos algo más. No basta con celebrar décimas de PIB si al mismo tiempo una generación ve cómo la vivienda se encarece a dos dígitos y comprueba que trabajar y ahorrar no siempre son suficientes para acercarse a un proyecto de vida. El crecimiento importa, y mucho. La cuestión es para qué sirve y hasta dónde llega.
Tal vez esa sea la distancia que mejor explica lo que estamos viviendo: la que existe entre las estadísticas y la vida cotidiana.
Entre el PIB y la calle.