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Impuestos y competitividad

La presión fiscal es también una decisión política: sus diferencias entre comunidades ayudan a entender por qué unas regiones atraen más capital y talento que otras

Vista de las torres de Madrid.

Vista de las torres de Madrid.

Miguel Cornejo
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Esta semana, pese al olor a convocatoria electoral adelantada que se respira y a las maniobras sobre las leyes de vivienda, querría centrarme un un tema que Institución Futuro vuelve a poner sobre la mesa: la "competitividad fiscal" de las diferentes comunidades autónomas.

Este concepto se concreta en un índice que combina la presión fiscal directa sobre la renta (IRPF), patrimonio, y sucesiones. Es decir, los tres aspectos en los que un agente económico (también conocido como empresario) puede verse afectado fiscalmente por la administración.

Por supuesto, el peso que se de a cada componente del índice lo hará significativo para un grupo u otro. El primer elemento determina el interés de una comunidad para los profesionales de altas retribuciones (especialistas clave para el desarrollo de una zona, directivos que determinan dónde se asienta una empresa), el segundo afecta sobre todo a las grandes fortunas (conocidos como inversores en algunos círculos, y no siempre tan atados a su territorio inmediato), y el tercero afecta de lleno a las empresas familiares, además de a los ahorradores. Por lo tanto, el índice no es una herramienta unívoca ni precisa. Pero sí nos da una idea de por dónde van los tiros.

La comunidad menos prensil es Madrid, si nos fijamos en el índica agregado. Pero si vamos a los componentes, resulta que no lo es: es la cuarta en renta, empata en segunda en patrimonio, y apenas está novena en tratamiento de herencias. Lo que se correlaciona bastante bien con una presencia enorme de grandes empresas y fortunas.

Las haciendas vascas tienen el mejor trato al IRPF, entre regular y malo a patrimonio, y regular a sucesiones. Están cuidando a sus PYMES y a sus funcionarios, no a las fortunas... que ya se han trasladado a Madrid.

Navarra, en otro tiempo famosa por lo contrario, apenas promedia en IRPF, es la peor en patrimonio, y de las peores en sucesiones. Y está viendo una migración de empresas a otras regiones, y menor inversión externa de la habitual; los empresarios y fortunas navarras se fueron hace ya tiempo en su gran mayoría.

La dispersión (variedad) de políticas autonómicas en este terreno se corresponde menos con las necesidades económicas de cada uno que con su visión política. Y esa visión política tiene consecuencias. La falta de atractivo del País Vasco para invertir y para vivir está llevando a una pérdida de población en tiempos de crecimiento general. La falta de dinamismo inducido en Navarra está acabando con uno de los polos industriales del país. Y la diferencia respecto a Madrid acentúa el efecto llamada. Que no se debe a la "capitalidad" como pretenden algunos, sino al mismo fenómeno que concentra la actividad en las grandes urbes en todo el mundo pese a las mejores conexiones: la densidad de conocimiento y oportunidades se retroalimenta.

Esto no significa que otras regiones no tengan capacidad de subsistir o competir; véase cómo Texas se ha beneficiado del exceso de costes, problemas energéticos y conflictividad política de California. La competencia normativa y fiscal existen, y funcionan.

En España, parece que los únicos que se han enterado son los que ya iban ganando la carrera. Pero eso es falta de memoria. Si retrocedemos no demasiadas décadas, Madrid estaba siendo desplazada por una Barcelona mucho más dinámica, mucho más amable con los inversores y los emprendedores, mucho más abierta. Todo lo contrario de lo que es ahora.

Cuando votamos en una dirección u otra, estamos votando también por personas que dan forma a las políticas que llevan nuestras regiones hacia mayor o menor vitalidad, mejores o peores servicios, mayor o menor tolerancia hacia la diversidad cultural. No sólo hacia una forma de prestarlos más o menos pública, o una aprecio mayor o menor por una identidad.

Cuando un país vota por mensajes y no por programas o historias contrastadas, acaba en manos de quien mejor maneja los medios y las calles. Pero crear opinión no es lo mismo que encontrar soluciones e implementarlas. Como tampoco presumir de haberlo hecho es prueba de que sea cierto.

En tiempo preelectoral es especialmente importante separar el mensaje de la política que cada uno realmente hace cuando puede. Y la competitividad fiscal es un síntoma visible y fácilmente medible de lo que cada uno considera importante.

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