Monumentos rotos
Alinear lo que se dice querer con lo que se vota
Dicen por ahí, y es cierto, que muchos no pasamos un día sin pensar en Roma. Lo que se echa en falta es que pensemos más en las pirámides. Pero no las egipcias, sino las de Maslow.
Lo pongo en plural porque es de ciegos no ver que hay más de una. Las famosas pirámides son las jerarquías de necesidades que deben verse satisfechas antes de que el comportamiento humano dé peso a las superiores. No nos preocupa mucho que la cama sea mullida si el edificio está ardiendo. Las necesidades se ordenan, por tanto, desde las más básicas de la supervivencia hasta las más prescindibles.
Y cada sociedad, y cada persona, las ordena como aprende y puede. Hay quienes prefieren morir de pie a vivir de rodillas, y hay quienes no le ven nada malo a la dictadura china. Hay quieres, como Anguita, prefieren un gobernante honrado que uno de su cuerda. Hay quienes, como los votantes japoneses durante mucho tiempo, prefieren prosperidad a honradez. Para pirámides, los gustos.
Pero las pirámides tienen consecuencias. Como la ordenación del gasto. Un país que prioriza una cosa sobre otra, garantiza antes la financiación de la primera. Un país que considera algo optativo, no invierte en ello, o lo cambia por cualquier mejora de un nivel prioritario.
El problema es que el país no decide, porque no existe. Es un concepto, una institución si queremos, que se articula mediante unas normas y a través de unas personas. Dice el sentido común que esas normas están para conseguir que esas personas tomen decisiones que coincidan con la pirámide (digamos) agregada del país.
Pero como nos ha explicado muchas veces Quintana Paz, y dice la experiencia, lo que acabamos votando con frecuencia revela que la pirámide que proclamamos y la que compramos son distintas. Además, pero no es lo mismo, a veces lo que nos llega no es lo que compramos.
Hay votantes que dicen priorizar la solidaridad y los derechos de los trabajadores, pero traducen eso en el apoyo a medidas que protegen a los empleados de larga duración y dejan sin esperanza a los que buscan incorporarse. O que gravan los puestos de trabajo con tales costes que es difícil crearlos, y peor pagarlos bien.
Aquí cabe preguntarse si votan por lo que creen o por lo que les cuentan. Porque es cierto que los políticos se han especializado en ocultar el coste de las decisiones. Desde supuestos economistas que hablan de que el dinero se imprime y la deuda no se paga, a ministros de Economía que actúan como si hubiera dinero para todo, o ministros de Transportes que no pelean por garantizar la eficacia y financiación de los servicios que ofrecen... mientras se esfuerzan en pedir subidas de sueldo o pensiones para grupos movilizables.
Todos queremos lo mismo: lo bueno. El problema es que hay que elegir en qué escalón de la pirámide está cada cosa, porque no llegamos a todo, y sobre todo porque algunas cosas "buenas" son malas para otras. Fomentar los idiomas regionales es "bueno" hasta que causa discriminación o cuesta tanto que tienes que abandonar cosas "mejores". Y esa segunda parte de la elección a veces se esconde, y otras veces elegimos no verla.
Y esa pirámide que no confesamos es la que, con demasiada frecuencia, nos lleva al huerto. Porque tendemos a pensar que las partes básicas de la pirámide las tenemos todos claras. Que nadie, ningún gobernante, va a poner en cuestión lo básico para mejorar lo optativo. Pero la realidad no es esa. La realidad es que, para muchos, lo básico de los demás no importa.
La realidad es que, dejando aparte lo que engañen los políticos, hay muchos (quizá todos) que prefieren asegurar para sí escalones más altos, que asegurar para todos los inferiores. Personas que prefieren que su país sea "solidario" a que sus trenes sean seguros. Personas que quieren un país "que acoge", o "que respeta lenguas regionales", o simplemente "donde gobiernan los nuestros" antes que uno donde el Estado de Derecho garantiza la igualdad ante la ley, donde no hay impunidad para quien conviene a quien manda, y donde la cuentas, no cuadran, al menos existen.
Las elecciones estadounidenses han llevado a la vista de todos que eso tiene un límite. Uno puede vender valores como el fin del wokismo o de la defensa gratis para todos, pero si al final consigue que suba el precio del combustible y de todo lo demás, y que se pierda la sensación de seguridad, la pirámide no aguanta el peso. No basta con decir que todo va como un cohete: tiene que poder vivirse.
En España, hace años que los escalones superiores de la pirámide vienen degradándose. Pero hasta ahora, los costes se habían mantenido ocultos, o tan repartidos que mientras muchos salían perdiendo, los suficientes salían ganando. Es sólo cuando los escalones más básicos se rompen inequívocamente cuando reaccionamos.
No por ignorancia. No sólo por engaño. Como (creo que) diría Quintana Paz, nos han dado lo que hemos pedido y aceptado. A ver si hemos aprendido la lección.