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ENFOQUES DEL DIRECTOR

Sánchez humilla a Grande-Marlaska para no enfadar a Yolanda Díaz: este Gobierno es un cachondeo

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Pedro Sánchez ha decidido rescindir el contrato de compra de balas a Israel, una decisión unilateral que desautoriza a su ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y obedece las órdenes que transmitió hace 24 horas Yolanda Díaz. La vicepresidenta, cuota de Sumar en el Consejo de Ministros, exigió la cancelación de ese contrato firmado por Grande-Marlaska por el cual España iba a adquirir a Israel 15,3 millones de balas para la Guardia Civil por 6,6 millones de euros.

Lo cierto es que el contrato incumplía la palabra dada por el propio Ejecutivo de no comprar armas a ese país tras la invasión de Gaza, pero es evidente que la palabra de este Gobierno no vale nada, absolutamente nada. Eso estará pensando en estos instantes la empresa israelí perjudicada a la que le han cancelado dos veces ya el contrato de adquisición de esa munición. Lo normal sería que pidieran cobrarlo más allá de que sirvan o no el pedido.

En todo caso, aun siendo eso importante, lo más grave es la lectura política: el fiasco deja a Grande-Marlaska en ridículo y desautorizado, humillado por Yolanda Díaz que ha metido sus narices en un ministerio que no es de su competencia. Le ha echado un pulso a Sánchez y se lo ha ganado. Lo cierto es que el presidente del Gobierno, hábil estratega, es sin embargo un muy mal jugador de mus. Nunca se atreve a ver un órdago. Todos le ganan cuando la cosa se pone fea. Yolanda Díaz lo ha demostrado muchas veces además de esta. Ya se impuso con su empeño de que el SMI no tribute IRPF y con la reducción de la jornada laboral.

Pero no solo ella. Cualquiera de los socios gana el pulso a Pedro Sánchez: por supuesto Puigdemont con la amnistía, la cesión de las competencias de inmigración y tantas otras cosas; por supuesto ERC con el concierto económico, el 'cupo catalán'; por supuesto el PNV y Bildu.

Y es que es lo malo de perder las elecciones y empeñarse en gobernar a cualquier precio y con el socio o los socios que sea implica quedar en sus manos y tener que ceder de manera permanente aún a costa de humillar a sus ministros o incluso a sí mismo. Ese es el precio a pagar por gobernar o, mejor dicho, por estar en el poder.

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