huyó a Brasil antes del juicio
45 años del crimen de los marqueses de Urquijo (III): Javier Anastasio, el cómplice que se fugó
El 17 de octubre de 1983, tres meses después de la sentencia que condenó a Escobedo a 53 años de cárcel, Anastasio era detenido. En el segundo juicio del mediático caso se le acusaba de cómplice.

Javier Anastasio.
La madrugada del 1 de agosto de 1980, los marqueses de Urquijo fueron asesinados mientras dormían en su mansión de Somosaguas, Madrid. Rafael Escobedo Alday, exyerno de los marqueses, fue detenido ocho meses después y condenado en 1982 a 53 años de prisión como autor material de los crímenes, pese a que la única prueba en su contra fueron unos casquillos compatibles con el calibre del arma homicida. Escobedo siempre defendió su inocencia y, en 1988, apareció muerto en la prisión de El Dueso, oficialmente por suicidio, aunque persisten dudas sobre las circunstancias de su fallecimiento.
Javier Anastasio de Espona, amigo íntimo de Escobedo y miembro del círculo de “niños bien” de Somosaguas, también fue implicado en el caso. Anastasio admitió haber llevado a Escobedo en su coche hasta la residencia de los marqueses la noche del crimen y, días después, haber arrojado una pistola, que le entregó Escobedo, al pantano de San Juan. Fue acusado de coautoría y cumplió tres años y medio de prisión preventiva, pero, tras ser liberado bajo fianza y a pocos días del juicio, huyó de España en 1987, convencido de que sería condenado injustamente. Anastasio no regresó hasta 2010, cuando el delito había prescrito.
Según la versión de Escobedo, Anastasio, junto al administrador de los marqueses, Diego Martínez Herrera, y Mauricio López-Roberts, alias “el cazador”, fueron cómplices en los asesinatos. Escobedo relató que, tras compartir el día 31 de julio con Anastasio y otros amigos, este lo llevó a la mansión de los marqueses, donde supuestamente los cómplices esperaban con una pistola Star F Olympic calibre 22, cuerdas, cintas y un soplete para forzar la entrada por la puerta de la piscina interior. Escobedo afirmó que Anastasio se quemó el brazo al manipular el soplete, pero esta alegación no pudo comprobarse, ya que habían pasado ocho meses desde los hechos.
Anastasio, por su parte, siempre negó su participación en los asesinatos, admitiendo únicamente haber ayudado a deshacerse del arma. Esta pistola fue encontrada años después en el pantano de San Juan durante una sequía, cuando un paseante la entregó al ayuntamiento de Pelayos de la Presa. También se investigó, sin éxito, si Anastasio recibió dinero desde Londres, donde Juan de la Sierra, hijo de los marqueses, tenía una cuenta en el Banco Hispano Americano, en un contexto donde este banco buscaba adquirir el Banco Urquijo, operación a la que el marqués se oponía.
Veinte años fugado
Tras su fuga, Anastasio vivió en Brasil, Argentina y, según algunas fuentes, Filipinas, evadiendo a la justicia durante décadas. En su libro El hombre que no fui (2017), coescrito con los periodistas Melchor Millares y Javier Menéndez Flores, Anastasio narra su vida como prófugo, asegurando que huyó porque temía ser un chivo expiatorio en una trama mayor. Describe cómo entró clandestinamente en España disfrazado para visitar a su familia y niega haber recurrido al chantaje para evitar su captura, una afirmación que genera escepticismo. En 2010, desde Buenos Aires, concedió una entrevista a Vanity Fair, reiterando su versión y cuestionando el supuesto suicidio de Escobedo. Lamentó no haber podido despedirse de sus padres, fallecidos sin verlo libre.
En 2017, Anastasio expresó su disposición a colaborar con el abogado Marcos García Montes, quien busca reabrir el caso mediante un recurso de revisión ante el Tribunal Supremo para limpiar el nombre de Escobedo. A sus 67 años, Anastasio sigue siendo una figura enigmática, y muchos creen que podría ser la clave para esclarecer qué ocurrió realmente aquella fatídica madrugada de 1980, en un caso que aún despierta intriga y especulaciones en España.