IRRELEVANCIA EN POLÍTICA EXTERIOR
Sánchez, en Egipto para una firma de paz en la que no cree y ante un Trump al que quiere provocar
El jefe del Ejecutivo español, invitado por Egipto, llega a una cumbre internacional sin papel, sin peso y sin discurso. El presidente socialista viaja más pendiente de la foto que del fondo y quedará en evidencia cuando Donald Trump se reúna con sus socios y le deje fuera de la mesa

Donald Trump le señala a Pedro Sánchez su sitio en la cumbre del G20 en Osaka en 2019.
Puso el viaje como excusa para salir corriendo del Palacio Real en el día de la Hispanidad y ahora aterriza en Egipto como quien se cuela en una boda a la que no fue invitado: sonriente, trajeado y dispuesto a hacerse ver, aunque nadie lo espere. Ese es Pedro Sánchez este lunes.
El presidente del Gobierno acude a la ceremonia de firma del acuerdo de paz entre Israel y Palestina auspiciado por Donald Trump -una cita que promete marcar el tablero geopolítico de Oriente Medio- pese a no haber contribuido en nada al proceso y, lo que es peor, después de haberse situado abiertamente en contra de sus premisas.
Hace menos de un año, Sánchez calificó al Ejecutivo de Benjamin Netanyahu como un “gobierno genocida”, y varios ministros de su gabinete exigieron sanciones internacionales contra Israel mientras aplaudían la ofensiva diplomática de Hamás y sus aliados. España fue, de hecho, uno de los países europeos que más tensó las relaciones con Tel Aviv tras el estallido de la guerra, un gesto que lo dejó fuera de los canales diplomáticos en los que hoy se define el futuro de la región.
Paradoja diplomática: críticas a la aplaudida paz
La imagen del presidente español en suelo egipcio tiene una dimensión casi teatral. Sánchez se presenta ante un Donald Trump que el pasado jueves amenazó con sacar a España de la OTAN si no cumple el compromiso del 2% del PIB en gasto de Defensa. Un aviso que no era sólo retórico: Washington lleva meses avisando a Madrid para que asuma su parte en la seguridad atlántica, especialmente tras el crecimiento de las tensiones en el Mediterráneo y el refuerzo ruso en Libia y Siria.
La posición española es, de nuevo, equidistante y ambigua. Moncloa afirma apoyar “una solución justa y duradera”, pero en la práctica ha boicoteado toda mediación estadounidense y ha apostado por un discurso moralizante que la ha dejado aislada tanto en Bruselas como en Washington. España no está en la mesa de los que deciden ni en la lista de los que influyen: está en el palco, observando. Lo más probable es que el líder estadounidense celebre otro encuentro con sus aliados, mientras Sánchez no es que no tenga silla en la mesa, es que ni lo dejarán entrar en la sala.
De la retórica a la irrelevancia
El contraste con Trump es brutal. El magnate convertido en presidente, siempre consciente del espectáculo, busca exhibir liderazgo global en su segundo mandato. Y lo está consiguiendo, al menos, con este acuerdo histórico en la región más convulsa del planeta.
Sánchez, por el contrario, intenta proyectar una imagen más que escorada a la izquierda más radical, pero lo hace desde la irrelevancia estratégica. En el mismo momento en que se anunciaba un acuerdo para alcanzar la paz, el Gobierno de coalición PSOE-Sumar sacaba adelante un embargo de armas a Israel, con el apoyo de sus socios. El objetivo del secretario general socialista es reafirmarse ante su electorado como contrapeso moral a la política exterior estadounidense. Y, ya de paso, como adalid contra las derechas que, según el relato del ala oeste de la Moncloa, son PP y Vox.
En este sentido, el saludo entre ambos genera gran expectación. Sobre todo en España. Una instantánea de la que Sánchez podría huir, como de los corrillos con la prensa en el Palacio Real. Aunque, Moncloa busca provocar al inquilino de la Casa Blanca, para ganar foco exterior y regresar a Madrid con una nueva cortina de humo, que acalle las tertulias sobre Begoña Gómez, David Sánchez, Álvaro García Ortiz. Y, sobre todo, ahora desvíe -o, al menos, comparta- el interés con José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Koldo García y los sobres de una supuesta financiación ilegal del PSOE.
Al margen de la instantánea, en política exterior, los hechos pesan más que los discursos, y los hechos dicen que España no ha participado ni directa ni indirectamente en los contactos que han hecho posible la firma de la paz. Ni el Ministerio de Exteriores ni la delegación española en la ONU tuvieron intervención alguna. Al contrario, España ha respaldado resoluciones que chocan frontalmente con las que hoy sustentan el acuerdo. Y mientras otros países han movido ficha para influir en el resultado, El Palacio de la Moncloa ha preferido refugiarse en su retórica de “defensa de los derechos humanos”.
Pedro Sánchez asiste, en realidad, al epitafio de su propia política exterior: la del moralismo sin poder. Egipto no será una victoria diplomática para España, sino la escenificación de su irrelevancia. Y Donald Trump lo sabe. Por eso sonríe cuando Sánchez se acerca. No descartemos que el presidente norteamericano le vuelva a indicar al jefe del Ejecutivo español con el dedo índice cuál es su lugar en el mundo, en este acuerdo y en la propia mesa.