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Sarah Santaolalla da lecciones de respeto mientras llama "calvo" a un diputado del PP

La tertuliana pretende vender que los ataques al físico de las mujeres son patrimonio de "los hombres de derechas", pero la hemeroteca, los escándalos del PSOE y sus propias salidas de tono le desmontan el discurso

Sarah Santaolalla en Mañaneros 360

Sarah Santaolalla en Mañaneros 360

Luis Sordo
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Sarah Santaolalla ha vuelto a ejercer de fiscal moral desde el plató, pero esta vez su argumento hace agua por todas partes. Sostener que solo los hombres de derechas hacen comentarios sobre el aspecto físico de las mujeres no es una opinión discutible: es un disparate. Y uno bastante útil para quien necesita convertir el sectarismo en coartada.

Un relato que no aguanta un minuto

Basta rascar un poco para que ese cuento se derrumbe. Ahí están los chats y mensajes conocidos de dirigentes y ministros socialistas, con expresiones gruesas, salidas de tono y barbaridades incompatibles con el feminismo impostado que luego predican en público. También los episodios incómodos que afectan al sanchismo, siempre tan rápido para señalar al adversario y tan lento para limpiarse su propia casa.

Querer presentar la zafiedad como una exclusiva de la derecha es una manipulación de manual. No se sostiene por los hechos, no se sostiene por la hemeroteca y no se sostiene por simple sentido común.

Cuando la lección la da quien hace lo mismo

Lo más llamativo del caso es que Santaolalla tampoco está para dar muchas lecciones. En Mañaneros 360 protagonizó una escena inusual con Jaime de los Santos en el que optó por caricaturizarle llamándole “Don Limpio”, en una burla evidente sobre su apariencia. Es decir: denuncia como intolerable lo que ella misma practica cuando el objetivo político le conviene.

Ahí se cae toda la pose. No estamos ante una defensora del respeto, sino ante una polemista que usa una vara para medir a la derecha y otra, mucho más indulgente, para juzgar a la izquierda y a sí misma.

Manipulación, victimismo y propaganda

El problema no es solo la contradicción. Es la trampa. Santaolalla no debate: etiqueta. No argumenta: reparte culpas colectivas. Y no denuncia la degradación del debate público: la explota para sacar rédito ideológico.

Su mensaje es burdo, victimista y profundamente manipulador. Porque convierte una pelea política en un sermón prefabricado donde los malos siempre son los mismos y los suyos quedan automáticamente absueltos.

La realidad es bastante más simple: la grosería no tiene carné ideológico. Pero la hipocresía, en este caso, sí tiene portavoz.

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