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Fernando Simón reaparece para quitar importancia al hantavirus y desata el pánico: "Vamos a morir todos"

El famoso epidemiólogo del Gobierno intenta tranquilizar sobre el desembarco del barco de afectados en Canarias, pero provoca el efecto contrario: "Me voy a por mascarillas y gel"

Fernando Simón

Fernando Simón

Enrique Martínez Olmos

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Hay frases que, en otro contexto, pasarían desapercibidas. Pero cuando las pronuncia Fernando Simón, el eco es inevitable. Su reaparición para restar importancia al hantavirus -“no creo que vaya a suponer un riesgo para España en absoluto”- ha sido suficiente para activar una reacción casi automática en la memoria colectiva. No tanto por lo que ha dicho ahora, sino por lo que muchos recuerdan que dijo entonces.

Porque el nombre de Fernando Simón sigue inevitablemente ligado a los primeros compases del Covid-19, cuando aquellas previsiones de impacto limitado de “a lo sumo serán dos o tres contagios” quedaron rápidamente superadas por la realidad. Desde entonces, cada intervención suya se analiza con lupa… y con una buena dosis de ironía. El hantavirus, una enfermedad poco frecuente y con transmisión muy concreta -generalmente vinculada al contacto con roedores infectados-, no tiene, según los expertos, un potencial de expansión comparable al de una pandemia global. Sin embargo, el debate no ha ido por ahí.

Las redes sociales han reaccionado en cuestión de minutos al pronóstico de Fernando Simón sobre el hantavirus, combinando humor, sarcasmo y cierto nerviosismo de fondo. Comentarios como “acabo de comprar 78 rollos de papel higiénico”, “me voy a por mascarillas y gel” o el más directo “nos podemos dar por jodidos” reflejan más una reacción condicionada por el recuerdo que por el riesgo real.

Es el efecto Fernando Simón: una mezcla de déjà vu, desconfianza acumulada y memoria reciente. El problema de fondo no es el hantavirus. Ni siquiera lo es la declaración en sí, que encaja con lo que sostienen muchos especialistas sobre este tipo de infecciones. El verdadero detonante es la credibilidad. O, mejor dicho, la percepción de ella. Cuando una figura pública queda marcada por una crisis de la magnitud del Covid, cada nueva intervención se convierte en un examen permanente. Y en ese contexto, incluso un mensaje tranquilizador puede interpretarse como motivo de inquietud.

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