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Todos los zapatos me hacen daño: ¿qué hago con mis pies?

El calor, el sudor y la hinchazón aumentan las rozaduras durante el verano. Elegir un calzado que se adapte al pie, proteger las zonas sensibles y tratar correctamente las heridas resulta esencial para evitar complicaciones.

Mujer con dolor de pies tras el uso de su calzado

Mujer con dolor de pies tras el uso de su calzadoimagen creada por IA

Patricia Rodríguez Corchado

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Llega el verano, cambiamos las zapatillas por sandalias, alpargatas o zapatos abiertos y comienzan los problemas: rozaduras en los talones, ampollas en los dedos, heridas en el empeine y dolor al caminar. Hay personas que terminan teniendo la sensación de que todos los zapatos les hacen daño, aunque no siempre el culpable sea únicamente el calzado.

El calor puede favorecer que los pies estén más sudados y algo hinchados al final del día. La humedad reblandece la piel y, cuando se combina con el roce repetido de una tira, una costura o un borde rígido, facilita la aparición de ampollas. Un zapato demasiado pequeño comprime el pie, pero uno excesivamente grande tampoco es adecuado, porque permite que el talón se desplace continuamente y genere fricción.

Si prácticamente todos los zapatos provocan dolor, lo primero es identificar dónde aparece la molestia. La presión sobre los dedos puede revelar que la puntera es demasiado estrecha, mientras que las heridas en el talón suelen estar relacionadas con un mal ajuste o con un material rígido. Los juanetes, las durezas, los dedos deformados o determinadas alteraciones de la pisada también pueden aumentar el roce y hacer que un modelo aparentemente cómodo resulte insoportable.

El zapato debe adaptarse al pie, no al contrario

El calzado adecuado debe dejar espacio para mover los dedos, contar con una puntera suficientemente ancha y estar confeccionado con materiales suaves y transpirables. También conviene que incorpore una suela con cierta amortiguación y un sistema de cierre mediante cordones, velcro, hebillas o tiras regulables.

La sujeción es especialmente importante. Cuando el pie se mueve demasiado dentro del zapato, aumenta la fricción contra la piel. Los cierres ajustables ayudan a mantenerlo estable y permiten adaptar el calzado si se hincha a lo largo del día.

No basta con comprar la talla habitual. Los zapatos deben probarse en ambos pies y caminando durante unos minutos. Es preferible hacerlo por la tarde, cuando el pie puede estar algo más dilatado. Ningún modelo debería apretar, pellizcar o producir molestias desde el primer momento bajo la idea de que terminará cediendo.

Los zapatos nuevos tampoco deberían estrenarse durante una boda, una excursión o una jornada completa de trabajo. Es mejor utilizarlos primero durante periodos cortos para localizar posibles puntos de presión. Si empiezan a provocar enrojecimiento, dolor o sensación de quemazón, hay que quitárselos antes de que aparezca la ampolla.

En verano conviene evitar las sandalias con tiras muy duras o estrechas, los modelos que dejan el pie completamente suelto y las suelas excesivamente finas. Las chanclas pueden ser útiles en piscinas o vestuarios, pero no suelen ofrecer la sujeción necesaria para caminar durante horas.

Cómo prevenir las rozaduras durante el verano

Los pies deben mantenerse limpios y secos. Después de la ducha hay que secarlos con cuidado, especialmente entre los dedos. La humedad acumulada dentro del calzado favorece la irritación de la piel, por lo que resulta recomendable alternar los zapatos y dejar que se aireen antes de volver a utilizarlos.

Con el calzado cerrado deben emplearse calcetines de la talla correcta, sin arrugas ni costuras que presionen. Los tejidos capaces de evacuar la humedad y los calcetines de doble capa pueden reducir la fricción entre la piel y el zapato. También deben cambiarse cuando estén húmedos por el sudor.

Quienes saben que siempre sufren rozaduras en los mismos puntos pueden anticiparse colocando apósitos, protectores para el talón o almohadillas alrededor de los juanetes y las durezas. Estos elementos deben proteger la zona sin aumentar la presión dentro del calzado. Los productos antifricción pueden aplicarse sobre la piel sana, pero no sobre heridas abiertas.

También es aconsejable revisar el interior del zapato antes de ponérselo. Una plantilla doblada, una costura levantada, arena o una pequeña piedra pueden provocar una lesión tras varios minutos caminando.

Qué hacer si ya ha aparecido una ampolla

Cuando comienza el dolor o la sensación de quemazón, hay que retirar cuanto antes el zapato que está causando la lesión. Continuar caminando intensifica el roce y puede convertir una irritación leve en una ampolla abierta.

Si la ampolla conserva la piel intacta, lo recomendable es no reventarla. Esa cubierta protege el tejido situado debajo y reduce el riesgo de infección. Puede cubrirse con un apósito limpio y acolchado o con un parche hidrocoloide, evitando utilizar de nuevo el calzado que causó el problema hasta que la zona se recupere. La mayoría de las ampollas comunes cicatrizan por sí solas.

Si la ampolla se rompe, primero hay que lavarse las manos y limpiar suavemente la herida con agua y jabón. Después debe secarse sin frotar y cubrirse con un apósito que no se adhiera a la piel. No conviene arrancar la capa de piel que queda sobre la herida, porque sigue funcionando como protección durante la cicatrización.

El apósito debe cambiarse si se moja, se ensucia o se despega. Mientras la zona continúa sensible, es preferible utilizar un zapato amplio y blando que no toque directamente la lesión.

Hay que solicitar valoración médica si aparecen pus, aumento del dolor, calor, hinchazón, enrojecimiento que se extiende o fiebre. También conviene acudir a un podólogo cuando el problema se repite con diferentes tipos de calzado, existe dolor persistente al caminar o se observan deformidades, durezas importantes o alteraciones en las uñas.

Las personas con diabetes, problemas circulatorios o pérdida de sensibilidad deben extremar la vigilancia. La diabetes puede reducir la circulación y dañar los nervios, haciendo que una herida sea más difícil de detectar, cicatrice peor o tenga mayor riesgo de infección. En estos casos deben revisarse los pies diariamente y consultar ante cualquier ampolla, corte o lesión que no mejore.

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