EDITORIAL
Pedro Sánchez y la “normalidad democrática” de ir a visitar a un prófugo
Debería ser un delito que el jefe del Gobierno, que ha jurado o prometido cumplir y hacer cumplir la ley, se dedique a burlarla y pisotearla

Pedro Sánchez y Carles Puigdemont besándose en un grafiti en Barcelona
El borrado de mensajes del móvil exonera al fiscal general, de la misma manera que la ley de amnistía es “plenamente constitucional” y el viaje del presidente del Gobierno al extranjero para hacerse la foto con un prófugo de la justicia es “normalidad democrática”. Esa es la amoralidad en la que se ha instalado Pedro Sánchez, algo mucho peor que la inmoralidad. La ausencia de principios es peor que oponerse a los principios establecidos. El inmoral tiene sus propias pautas, escandalosas y contrarias a las de la mayoría, pero pautas al fin y al cabo, mientras que el amoral no tiene ninguna, carece de cualquier tipo de escrúpulo, de norma de conducta y de límite.
El PSOE afirma que la foto, un encuentro de cara a la galería en el Parlamento Europeo, que Pedro Sánchez ofreció a Carles Puigdemont hace semanas se enmarca dentro de la “normalidad democrática”. No hay ninguna normalidad en que un presidente del Gobierno estreche la mano a un prófugo sobre el que pesa una orden de detención. Si fuera normal, si fuera una foto entre dos líderes políticos sin más, esa escena se produciría en Madrid o en Barcelona, con total normalidad. Pero no, la cuestión es tan anormal que Sánchez tiene que viajar al extranjero, lejos de la jurisdicción de nuestra Justicia, para poder estrecharle la mano al presunto delincuente.
No hay ninguna normalidad en eso, como no la hay en el que el principal partido del Gobierno nos quiera hacer creer que sí. Es una falta de respeto y una burla no ya solo a los tribunales de Justicia y las leyes de nuestro país, sino a todos los españoles que cumplen la ley, la inmensa mayoría. Incluso a los que no la cumplen y son castigados por ello.
Que Sánchez viaje a Waterloo o a Bruselas o donde toque para estrechar la mano de Puigdemont y pasarle la mano por el lomo no tiene nada que ver con la “normalidad democrática” de la que habla, sino con el interés particular del presidente del Gobierno que, ante todo, quiere seguir siéndolo cueste lo que cueste.
Debería ser un delito que el jefe del Gobierno, que ha jurado o prometido cumplir y hacer cumplir la ley, se dedique a burlarla y pisotearla. Su obligación es hacer todo lo posible para que Puigdemont sea detenido y se siente ante el juez, no solo porque se comprometiera a hacerlo, sino también porque esa es la verdadera “normalidad democrática”. Pero Sánchez no es tampoco normal ni equiparable a un presidente o jefe de Gobierno de nuestro entorno europeo. Sánchez, en sí mismo es una anormalidad democrática.