¿Por qué a nuestra izquierda no le gusta la economía colaborativa?
La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, observa su teléfono móvil.
Hace algunos días nuestra ministra de Trabajo y actual líder de Sumar, Yolanda Díaz anunció -pomposamente- su marcha de la red social X. Independientemente de su incapacidad para transmitir sus edulcorados y extrañamente razonados mensajes en esa red social, manifestó: "Las redes sociales las han construido los trabajadores y no los millonarios".
Para los más avezados en las redes sociales, éste es un mensaje dirigido a su audiencia primaria, la audiencia para la que se diseñan la mayoría de los mensajes y que, a tenor de las encuestas, es claramente menguante. En el mensaje se anima a este segmento a abandonar, igualmente, la red social X.
¿Tendrá éxito su propuesta? Vayamos a la raíz del asunto. Las redes sociales son lo que denominamos "plataformas", donde se encuentran clientes y proveedores, en ese caso consumidores de información y proveedores de contenidos. Un mismo cliente puede ser a su vez proveedor, como ocurre, por ejemplo, en Airbnb. Airbnb, como plataforma de alquiler de apartamentos o casas posibilita que un propietario que pone en alquiler su propiedad pueda a su vez ser cliente de otra persona que ofrece su apartamento o casa en la plataforma.
Las "plataformas" no son más que una puesta en escena de lo que denominamos "economía colaborativa" (sharing economy en su acepción inglesa). El concepto que hay detrás de la economía colaborativa es simple: obtener valor del potencial oculto que reside en los bienes que no son empleados por completo por sus dueños.
Digamos que en la economía colaborativa hay ciertas características que conviene mencionar:
- Es una economía basada en el mercado, lo que significa que existe algún tipo de mercado habilitado digitalmente que permite el intercambio de bienes y el surgimiento de nuevos servicios. Ya tenemos el primer conflicto con la Sra. Díaz, escasamente entusiasta del libre mercado y más interesada en destruir la libertad en las interacciones entre dos personas.
- Se produce un aumento del impacto del capital, lo que significa que una serie de cosas, desde los activos físicos hasta el tiempo y el dinero de las personas, comienzan a usarse a niveles más cercanos a su capacidad total.
- Aparición de redes basadas en la aglomeración de individuos que compiten con instituciones centralizadas. Estas redes prosperan cuando la oferta de capital, de activos y de fuerza laboral proviene de grupos descentralizados de individuos, en lugar de grupos reunidos centralmente por empresas o gobiernos. Esto resulta especialmente interesante en las redes sociales, donde la desintermediación de los medios tradicionales pone en contacto directo e inmediato a los consumidores de información y a los proveedores de la misma (sean periodistas u otro tipo de divulgadores).
- Difuminación de las fronteras entre lo que solía ser personal y profesional. Al ampliar y comercializar las actividades entre pares (ofrecerle a alguien un lugar donde quedarse, analizar los acontecimientos diarios o llevar a alguien en su automóvil), muchas actividades que solían considerarse personales ahora están entrando en el ámbito comercial.
Así, pues, la evidencia sugiere que la proliferación de la economía colaborativa no se debe a la conciencia ecológica o a motivaciones ideológicas de los participantes. La principal motivación del participante en esta economía es el propio beneficio, para disgusto de nuestra ministra.
Porque a la Sra. Díaz le hicieron creer que la economía colaborativa era una alternativa al "capitalismo neoliberal", donde se iba a superar ese principio del liberalismo que hace descansar la libertad en la propiedad individual: "Bienvenidos a 2030. No poseo nada, no tengo privacidad, pero la vida nunca ha sido mejor", nos decía el artículo de Ida Auken, a la sazón política socialista danesa, en el Foro Económico Mundial (lo que, posteriormente, se popularizó como "no tendrás nada, pero serás feliz").
Cuestión de confianza
No me estoy refiriendo aquí al uso hipócrita y tramposo que el Sr. Puigdemont hace de esa figura del juego parlamentario. En la economía colaborativa, el secreto es la confianza y la reputación. Siempre hay un componente de confianza que debe estar presente en cualquier actividad entre dos personas, y en este momento parece que las plataformas, como intermediarios centralizados, tienen una gran ventaja para facilitar esa confianza.
Si analizamos el tipo de actividades que realizamos hoy en día, como subir al coche de un extraño y pedirle que nos lleve a otro lugar, dejar que alguien que no conocemos duerma en nuestra habitación de invitados, o expresar nuestra opinión sin ser censurados o castigados por el gobierno de turno, exige que el nivel de confianza sea mucho más exigente para que este tipo de actividad sea viable a gran escala.
Llevar a la práctica esta cuestión de confianza en una red social llevó a las principales plataformas (Facebook, Instagram, Twitter – ahora X -) a considerar instrumentos que hicieran posible la presencia de un mundo heterogéneo de consumidores y proveedores de información. Con millones de interacciones sin límite geográfico, resultó ser una tarea titánica, por lo que se tomaron dos atajos paralelos que pusieron en jaque la pervivencia del modelo: la censura interna y externa (eufemísticamente, verificadores).
Como dijo Clayton Christensen, profesor de Harvard ampliamente estudiado en las escuelas de negocios, buscando respuestas a por qué las grandes compañías fracasan: "Aquellos que estudian genética evitan a los seres humanos". Dado que las nuevas generaciones vienen cada, digamos, treinta años, lleva mucho tiempo comprender las causas y efectos de los cambios. En su lugar se estudian especies cuyos ciclos de vida son muy cortos.
Trasladando este criterio a la controversia actual respecto al papel de las redes sociales, éstas tienen que ser capaces de satisfacer las necesidades de las siguientes generaciones, con lo que darle la espalda a la innovación y a las nuevas ideas a cambio de satisfacer la corriente de pensamiento dominante puede situarlas fuera de juego cuando las nuevas generaciones vayan tomando protagonismo. Es el pintor el que pinta, no la corriente artística predominante.
Para finalizar, en homenaje a la confusión de nuestra ministra, cuyas palabras revelan su ignorancia de cómo inversores, líderes innovadores, trabajadores, clientes y proveedores hicieron realidad modelos de negocio impensables hace algunos años, les cito también a Arun Sundararajan, profesor de la escuela de negocios Stern, de la Universidad de Nueva York, y al que debo la anterior enunciación de las características del sistema económico colaborativo:
Una de las razones por las que considero a la economía colaborativa un asunto fascinante es que pienso que crea para las personas la oportunidad de poder disfrutar de cosas y experiencias que, de otra manera, no podrían permitirse