Se ha ido Francisco, el Papa de la humildad

El Papa Francisco besa a un bebé en Río de Janeiro en 2013.
Jorge Mario Bergoglio era el nombre del Papa Francisco, quien durante 12 años fue el máximo representante de la Iglesia Católica. Un hombre reformista dentro de la Iglesia y que preconizaba la justicia social. Estaba con el pobre, con el humilde, con el que nada tenía. Solo la fe y la esperanza de un mundo mejor e igualitario donde primara el humanismo.
Estaba en la clínica Gemelli con las complicaciones derivadas de una neumonía bilateral. Hace poco, en una grabación, se percibía su disnea y dificultades respiratorias, aún con oxígeno. A pesar de que el pronóstico no se percibía bueno, se creía en el milagro.
Ha sido el primer Papa latinoamericano, lo cual nos llena de orgullo. No niego mi amor y profunda admiración por San Juan Pablo II y mi emoción cuando en Compostela tomó mi mano; las jornadas y encuentros con la juventud eran emocionantes en un Papa viajero que extendía el apostolado por todo el mundo. Distintos, pero los dos eran caminos de fe.
El Papa Francisco era admirado por su esfuerzo en las relaciones entre religiones que, aun con planteamientos diversos, siempre encontraban un punto de encuentro. Su humildad, lejos de lo aparente y material, representaba el auténtico espíritu cristiano, el de Jesús de Nazaret. Cristo ha resucitado, venciendo a la muerte, y ha querido abrir las puertas del Cielo, de par en par, al Papa Francisco.
Durante los últimos años, sus problemas de salud no le impidieron el esfuerzo para dirigir a la Iglesia Católica y seguir ejerciendo su labor de apóstol. Nos queda la pena de que no haya estado en Compostela ante el Apóstol Santiago y descubrir un camino iniciático del peregrino que busca el sentido de su vida y se hace hermano del desconocido, compartiendo vivencias y comida a pesar de la lluvia, el cansancio y las heridas en los pies.
Tampoco ha conocido la fe de todo un pueblo andaluz a su Virgen del Rocío, que no solo es de Huelva, sino de todo el mundo. Estoy segura de que, desde el lugar privilegiado donde está, tendrá la mejor butaca para verlo y ayudar en los caminos de fe.