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Miguel Queipo

Miguel Queipo de Llano

Marmolillo Bolaños: Modric y Ancelotti no le interesan

Carlo Ancelotti y Luka Modric, despidiéndose del Santiago Bernabéu

Carlo Ancelotti y Luka Modric, despidiéndose del Santiago BernabéuOscar J. Barroso

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Estaba todo el Santiago Bernabéu con el alma encogida, con el kleenex en la mano, intentando gritar "Modric, Modric" o "Carletto, Carletto" pero solo salía un hilillo de voz, se me ha metido algo en la garganta, cof, cof. Estaba hasta Florentino Pérez, ese Florentino cada vez más parecido a aquellos abueletes cascarrabias de los Teleñecos que veían la función desde un palco porque la edad no perdona a nadie, con los ojos inundados de lágrimas... pero ahí estaba Félix Bolaños, nuestro (con perdón) ministro plenipotenciario, a la derecha del presidente madridista, como quien oye llover.

No seré yo quien diga que un ministro sobre de un palco de un estadio. Las relaciones institucionales son así. ¿Pero de verdad no había algún otro más madridista? O quizás ni siquiera más madridista, sino que fuera capaz de tener sentimientos y no pareciera un muñeco inerte, un amasijo de carne con ojos que está allí por hacer bulto pero a quien le importa un guano lo que suceda a su alrededor...

Se marchaban Ancelotti, Modric y Lucas Vázquez del Real Madrid, tres figuras trascendentales en el pasado inmediato del club, tres históricos cada uno a su manera, y el más alto representante del Ejecutivo ocupaba un espacio en el palco con una desidia atronadora. Debe estar tan preocupado rematando el asalto el poder Judicial que no le da tiempo a fabricar no ya una lágrima, sino un simple gesto de emoción. En mi familia, se acostumbra a llamar socarronamente "marmolillos" a ese tipo de personas que no se inmutan ante nada: parecen cinceladas directamente en Carrara. Ni sienten ni padecen. Bolaños fue el marmolillo perfecto, el convidado de piedra a un momento cargado de una emotividad que sería capaz de provocar otro apagón, por sobrevoltaje. Pero Bolaños funciona con velas.

Bolaños fue, parapetado detrás de sus gafas, la única persona que no tuvo un mísero gesto de emoción. En un momento en el que hasta los rivales y adversarios del Real Madrid, encarnizados además, dejaron aflorar sus emociones (maravilloso comportamiento de la Real Sociedad), el ministro fue el contrapunto a un día de una honda tristeza en el Santiago Bernabéu que solo Modric, un croata, fue capaz de mitigar. Ese "no llores porque terminó, sonríe porque sucedió" reconfortó noventa mil almas. Todas, menos una. Por la que, seguro, no lloraremos cuando termine. Capaces somos de ir a Cibeles a celebrarlo. Todo se andará.

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