enfoques del director
Sánchez pierde los nervios: el Gobierno y el PSOE salen en tromba a desacreditar al juez del fiscal general
Pedro Sánchez se tambalea. La avalancha de casos de corrupción que cercan a su Gobierno y al PSOE ha desatado una reacción desesperada, una huida hacia adelante que roza el abismo. Incapaz de contener el daño, Sánchez ha optado por ahondar en una estrategia peligrosa que ya inició hace meses: atacar al poder judicial para desviar la atención.
Este martes el Ejecutivo y el PSOE han dado un paso más en esa deriva arremetiendo contra el juez Hurtado, instructor de la causa contra el fiscal general, acusándolo veladamente de prevaricación. Figuras como Patxi López y Pilar Alegría han liderado esta ofensiva, mientras el ministro Óscar Puente ha ido más lejos, afirmando en redes sociales que los jueces son la verdadera oposición al Gobierno. Un disparate que revela el nerviosismo en Moncloa.
Sánchez guarda silencio, pero su estrategia es evidente: desacreditar a quienes investigan para ganar tiempo y oxígeno político. Sin embargo, el relato se le escapa de las manos. Mientras intentan tapar una vía de agua se les abre otra. Hoy, el caso Ábalos ha golpeado de nuevo, con la UCO registrando la vivienda del exministro. Los escándalos se acumulan y el presidente, lejos de afrontarlos con transparencia, opta por una escalada de confrontación que amenaza la separación de poderes, mientras él se evade de la realidad con más de 40 días en silencio. Atacar a los jueces no es solo un error táctico, es un desafío institucional que puede costarle caro.
Esta huida hacia adelante no lleva a ningún lugar. Sánchez, acorralado, parece haber abandonado cualquier pretensión de mesura. Su Gobierno, en lugar de responder con hechos, se enreda en una narrativa victimista que no convence ni a los suyos.
La ciudadanía observa con preocupación cómo el Ejecutivo se desliza por una pendiente resbaladiza, donde la defensa de los intereses partidistas prevalece sobre el respeto a las instituciones y al Estado de Derecho. El precipicio está cerca, y Sánchez, con su silencio y sus maniobras, no hace más que acelerar la caída. La pregunta ya no es si podrá controlar la crisis, sino cuánto daño causará en el intento.