la mirilla
Un fiscal en el banquillo. Un presidente bajo la mesa

Álvaro García Ortiz, en un acto en Madrid a finales del pasado mes de mayo.
El fiscal general procesado. Y no dimite. Va al banquillo del Supremo. Y el Gobierno le aplaude. Lo victimiza. Álvaro García Ortiz está acusado de filtrar información reservada sobre la pareja de Ayuso. Con la intención de perjudicarla políticamente. Lo hizo —según el juez— siguiendo directrices de La Moncloa. Grave. Muy grave.
¿Dónde está el presidente? Debajo de la mesa. Escondido. Desaparecido. Silencio absoluto. Ni una palabra sobre el fiscal. Ni una explicación por su esposa. Ni una defensa de su hermano. Ni una reacción ante los escándalos que acorralan al PSOE. Sánchez ha optado por callar, incluso viendo a Ábalos en camiseta tras el registro de su casa en busca de mordidas. Está refugiado en absurdos parapetos conspiranoicos. Quiere que se hable de todo. Menos de él.
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Mientras, Ferraz se convierte en un campo de batalla. Socialistas enfrentados. Mensajes cruzados. Filtraciones. Cuchillos. Una guerra fría… que ya es caliente. El PSOE se desangra. Y Pedro Sánchez mirando al techo.
El caso del fiscal es solo el síntoma. El poder lo retiene todo. Aunque se descomponga. Aunque huela a podrido.
Sánchez prefiere sostener a un fiscal acusado… Antes que admitir su derrota. Antes que ceder un centímetro.
Esto no va de justicia. Va de blindaje político. De parapetos. De control. Pero algo se ha roto. Y no solo en la Fiscalía. También en el PSOE. Y en el propio Sánchez.
Ni siquiera sus ministros lo disimulan. No hay relato que aguante tanto silencio. Ni Gobierno que resista esta descomposición.
Y mientras tanto, el fiscal sigue ahí. Agarrado a su silla. Camino del banquillo. Protegido por un poder que ya no tiene vergüenza.
A. M. BEAUMONT