la mirilla
Sánchez decide desangrarse antes que soltar el poder

Pedro Sánchez, este martes en La Moncloa.
Pedro Sánchez ya ni siquiera disimula. Todo lo que queda es una huida hacia delante. Una resistencia desesperada.
Un búnker donde solo se oye un mantra: “Que no gobierne la derecha”. Esa es su línea de defensa. No tiene otra.
El PSOE está carcomido. Ferraz es un lodazal de corrupción. Ábalos, Koldo, Cerdán… Su esposa, su hermano, su fiscal general… El escándalo ya no es una mancha. Es el paisaje entero. Y aún así, los socios siguen.
Porque Sánchez les ha atado a la silla con una cuerda muy simple: el miedo. Miedo a que si cae él, cae todo. Miedo a que PP y Vox les arrasen en las urnas. Miedo a perder la única mesa de poder que les queda. Por eso Sánchez reta. A los suyos y a los otros.
Al PSOE les desafía a que vayan al Comité Federal del 5 de julio y le planten cara. Sabe que no lo harán. Los tiene domesticados. Todos callan. Todos agachan la cabeza. Por cobardía. Por cálculo. Por puro interés. Y a Feijóo le dice que presente una moción de censura. Sabe que tampoco puede. Porque la suma sigue siendo suya.
Mientras tanto, la corrupción sigue saliendo por las costuras. Pero ya ni se molesta en explicar nada. El relato oficial es uno: “y tú más”. Sánchez no busca limpiar nada. Busca aguantar.
Sobrevive a base de esparcir el fango. Si todos están sucios, él también puede seguir. El problema es que cada día que pasa, el sistema que ha montado para salvarse a sí mismo es el que termina de pudrir al PSOE. Porque no es solo la corrupción. Es la impunidad. Es la degradación institucional. Es la sensación de que ya no hay nadie al mando.
Sánchez está. Pero no gobierna. Solo sobrevive. Y la pregunta no es cuánto tiempo podrá hacerlo. La pregunta es cuántos cadáveres políticos va a dejar antes de caer.
A. M. BEAUMONT