la mirilla
Sánchez: del Nobel de la Paz a las pulseras rotas

Pedro Sánchez, en una rueda de prensa en la sede del PSOE
Pedro Sánchez se veía ya en los altares. Después de su algarada pro Palestina —que llenó de violencia hasta la Vuelta ciclista—, ponía rumbo a Nueva York convencido de dar la campanada en la ONU con un discurso histórico sobre Gaza. Sus terminales mediáticas, siempre entregadas, incluso iban a pedir el Nobel de la Paz para el presidente español.
Un relato perfecto. El hombre providencial que habla de paz al mundo. El problema es que, mientras Sánchez jugaba al estadista internacional, la realidad lo devolvía de golpe al suelo: las pulseras antimaltrato, el sistema que debía proteger a las mujeres de sus agresores, resultaron defectuosas. Una negligencia inadmisible que pone vidas en riesgo. De nuevo, el PSOE frente a las mujeres.
El contraste es demoledor. El presidente que presume de arreglar conflictos a miles de kilómetros es incapaz de garantizar seguridad en su propio país. El mismo que regala discursos grandilocuentes, quimeras como un Estado de Palestina, permite chapuzas que desprotegen a las víctimas de violencia de género.
No es un episodio aislado. Viene después del “sí es sí”, que liberó a mil depredadores sexuales. El feminismo de pancarta se ha convertido en un feminismo de papel mojado, que vende consignas y publicidad y falla en lo esencial.
Del Nobel de la Paz al bochorno de las pulseras rotas en apenas 24 horas. Ese es el retrato fiel de Sánchez: propaganda global, incompetencia nacional. Encima, se ha colado el procesamiento judicial del hermano del presidente. A perro flaco todo son pulgas.
Y lo peor: ni una disculpa, ni una explicación. El silencio cómplice de su Gobierno lo retrata. Porque para Sánchez todo es secundario salvo lo único que le importa: resistir un día más.
A.M. BEAUMONT