Del Rufián de las esposas al de la bachata

Gabriel Rufián, durante una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados, Carlos Luján /Europa Press
Qué quieren que les diga. Rufián me cae bien. Sí, es verdad que tuvo sus años en los que confundía el Congreso con la barra del bar y el discurso parlamentario con una performance de barrio. Eran aquellos tiempos en los que juraba que no se eternizaría en el escaño que aún ocupa, y en los que lo mismo sacaba unas esposas, que una de esas camisetas que parecían recién robadas de un tendedero… O las dos cosas al mismo tiempo.
Pero claro, no es lo mismo ser un activista de treinta y tantos que un cuarenteño acostumbrado a pisar moqueta. Rufián sigue teniendo cara de niño pillo, pero ha aprendido que hacer política requiere trabajo, reuniones, consensos y corbata, y que si sólo gritas y haces zascas, terminas siendo actor de sketch y no protagonista de resultados.
Sigue provocando, porque sabe que eso le da titulares y que forma parte del personaje, pero ha recortado su tupé de Tintín al tiempo que por las sienes se le asoma el pelaje de Milú, y baila bachata con actrices veinte años más jóvenes, que es el sueño de cualquier usuario del Imserso.
En definitiva, que Rufián está madurando, que no es lo mismo que cumplir años, y eso, viendo a otros que también tienen puesto fijo en el Congreso y que se han quedado colgados de una adolescencia en la que el grafitti sustituía a los libros de texto, ya es como para que genere un mínimo de simpatía.