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La crispación como oxígeno de Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

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Demasiada crispación. Demasiado ruido. Demasiada mentira.

España vive instalada en la agitación permanente que necesita Pedro Sánchez para seguir en pie.

Sin mayoría, sin Presupuestos y sin rumbo, el presidente prende un incendio tras otro para tapar su propia parálisis. Cada día un enemigo, cada semana una cortina de humo. Y detrás, lo de siempre: dinero público, corrupción y propaganda.

Koldo, Ábalos, Cerdán, el fiscal, la esposa, el hermano. Putas, sobres, chistorras. Todo vale mientras los suyos cobren y callen. El socialismo que prometía ética se ha convertido en una red clientelar con plató de televisión y altavoces de nómina.

Los partidos independentistas, bien untados, siguen cobrando su cuota de poder. Los paniaguados mediáticos, instalados en el Nodo de La Moncloa, repiten el parte oficial con disciplina soviética.

Y hasta Pablo Iglesias reaparece para ofrecerse a “reventar” a jueces y periodistas incómodos. Es el ecosistema perfecto: ruido, miedo y sumisión.

Pero tanta crispación tiene una consecuencia.

La antipolítica crece. La gente se harta. Los extremos se alimentan. Y el desencanto se convierte en voto castigo o en abstención.

Sánchez cree que domina el caos. No entiende que lo está devorando.

Porque cuando la política deja de ser esperanza, llega la ira.

Y ese es el terreno donde germina lo peor.

A.M. BEAUMONT

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