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Cuando la barbarie se disfraza de buenismo

Banderas de Hizbulá en un desfile

Banderas de Hizbulá en un desfileMarwan Naamani

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He estado en Líbano. Lo he visto con mis propios ojos. Y por eso no tengo dudas.

Hizbulá es una organización terrorista. Tan sanguinaria como Hamás. Tan fanática como despiadada.

Controla el Líbano. Lo asfixia. No deja vivir a su propio país.

Amenaza a Israel. Desestabiliza toda la región. Y si pudiera, extendería el sufrimiento y la muerte hasta Europa.

No es resistencia. No es liberación. No es política. Es barbarie organizada.

Hizbulá no gobierna: secuestra. No protege: oprime. No defiende al pueblo libanés: lo utiliza como escudo humano, como coartada moral, como carne de propaganda.

Por eso resulta tan difícil de entender —y tan irresponsable— la postura “buenista” de algunos gobernantes europeos ante Oriente Medio.

Ese mirar hacia otro lado.

Ese lenguaje blando. Ese miedo a llamar a las cosas por su nombre.

Aquí no hay dos relatos equivalentes. Hay una lucha clara entre civilización y barbarie.

Occidente puede cometer errores. Las democracias pueden equivocarse. Pero solo en las democracias existe la posibilidad de corregirse.

El terrorismo no corrige nada. Solo destruye.

Cuando Europa duda en condenar con claridad a organizaciones como Hizbulá o Hamás, no está siendo neutral: está siendo cómplice por omisión. Porque el fanatismo no entiende de matices ni de comunicados diplomáticos. Solo entiende de fuerza y de debilidad.

Y el buenismo, frente al terror, siempre se interpreta como debilidad.

No se trata de elegir bandos ideológicos. Se trata de elegir qué mundo queremos defender.

Porque quien hoy justifica a Hizbulá en nombre de causas supuestamente nobles, mañana se sorprenderá cuando esa misma barbarie llame a su puerta.

La historia es muy clara con esto. Lo que nunca perdona es la cobardía moral.

A.M. BEAUMONT

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