Carta a la Reina Sofía

Reina Sofía / Carlos Álvarez / Getty Images
Señora:
Creo que esta carta que me dispongo ahora a escribir es muy difícil, pero también muy fácil, porque sé muy bien lo que quiero decir, es más, lo que tengo que decir. Sólo con la sencillez y naturalidad que mostráis en vuestros actos y palabras, sin dejar de ser propios de una reina, se puede escribir con un poco de acierto esta carta.
Al final la sencillez es lo que consigue decir lo más complejo y lo más profundo, y es muy posible que cuando uno es sencillo sea capaz de llegar a todos en todas las situaciones. Mi amigo José Luis Olaizola hablaba del difícil arte de escribir sencillo, y yo lo extendería al difícil arte de ser sencillo, no sólo de hablar y escribir, sino de mostrarse. Tal vez sólo se trate de ser auténtico, y que ésta sea la puerta que lo abra todo. Su Majestad, en mi opinión, siempre ha sido auténtica, y su proceder siempre ha constituido una lección para todos nosotros, al menos para mí, de saber estar, de saber actuar. Todo lo que se puede decir sin palabras, que es tanto, lo ha sabido decir su majestad. Y también lo que se puede decir con ellas, y con hechos.
Sin haber nacido española habéis sido la primera española, la más admiradora de lo español, su primera partidaria en España y en el mundo, la más entregada a la causa de la Corona y de los españoles. Una vez leí, me parece que en el primer libro que hizo con Vuestra Majestad Pilar Urbano, que queríais una monarquía al servicio del pueblo, y así fue y así es, y no sólo lo ha sido en la Historia reciente de nuestro país, y en ésta presente con los esfuerzos del Rey Felipe, de la Reina Letizia, de la Princesa Leonor y de la Infanta Sofía… Lo ha sido en vuestro ejemplo constante. No sólo habéis sido “impecable”, como me decía hace poco una amiga, Ruth Bousoño, sino que nos habéis enseñado a los que os hemos visto actuar, a serlo, quiero decir a acercarnos a serlo. Todo se aprende.
En fin, en esos libros el Rey elogia grandemente, justamente, a Vuestra Majestad. Y no será poco lo que debemos los españoles a su trabajo, esfuerzo y desvelos en tanto tiempo y en tantas ocasiones. Mientras pensaba en esta carta, antes de escribirla, llegaba a la conclusión de que sólo podía dar las gracias, en mi nombre y me parece que en el nombre de todos los españoles. Por todo lo que nos habéis dado, que es tanto, y por todo lo que hemos podido aprender viéndoos, en tantos años, aparentemente lejana, en los medios de comunicación, en realidad muy próxima, como un apoyo que nunca nos ha faltado. Creo que hemos tenido una Reina, ahora emérita, admirable en todos los sentidos, admirada, intuyo, en todos los países que la conocen, y también, me arriesgo a decir, envidiada (a nosotros los españoles por tenerla). Sabia, sobria, discreta.
Mi escrito, mi carta, no va a ser tan excelente como lo que habéis demostrado todos estos años, pero me gustaría que fuera un pálido reflejo de ellos. Sé que la vida, y también la Historia, se escribe no siempre con las mejores palabras, sino más bien con renglones torcidos, y con textos que finalmente hay que pasar a limpio, en ocasiones muchas veces, que siempre se están pasando a limpio, mejor dicho. Así esta carta, Majestad, Señora.
Como me ocurrió con la Reina Letizia, sólo me crucé con Su Majestad en una ocasión. Llegabais en vuestro coche a la Casa de América, en Madrid. Yo iba a la Editorial Planeta, en frente, cuando tenía su sede allí, cerca de la Cibeles. Os bajasteis del coche, hace más de veinte años, y, cuando los policías ya nos habían apartado para dejaros pasar, me pareció que me dirigíais la mirada. Esto se lo conté una vez a España Suárez, la viuda de Francisco Umbral, y me dijo que quizá significaba que me conocíais. Podríais conocerme por el primer libro que publiqué, precisamente, Umbral: vida, obra y pecados, en que Umbral y yo hablábamos bastante del Rey Juan Carlos y de distintas anécdotas.
Sea como fuere nunca olvidé aquel encuentro, y puede que por ello os escriba esta carta. Uno nunca olvida, imagino, cuando se cruza con una Reina, con su Reina. Aquí digo lo que no pude decir entonces, lo que tal vez decían mis ojos: mi gratitud permanente, mi admiración. Es muy probable que todo esto lo expresara mi mirada aquel día, por supuesto un gran respeto.