LA MIRILLA

El agotador relato de Sánchez

Pedro Sánchez y Yolanda Díaz en el Congreso de los diputados

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Durante años, demasiados gurús bien pagados han dicho que la política era relato. Que gobernar consistía en contar bien las cosas. Que quien dominaba el discurso dominaba el poder.

Funcionó. Un tiempo.

Hoy ese modelo está agotado. No porque falten relatos, sino porque sobran. Y cuando el poder necesita explicarse todos los días, algo esencial ya se ha roto.

Pedro Sánchez es el ejemplo más acabado de esta fase final. Ha gobernado España desde el relato permanente. Cada decisión, una historia. Cada cesión, una épica. Cada crisis, un enemigo. Cada escándalo, una cortina de humo.

El problema no es que use el relato. El problema es que ya solo le queda eso.

Cuando la realidad aprieta —corrupción, pactos incómodos, desgaste institucional, fatiga social— el sanchismo no corrige: narra. No rectifica: acusa. No explica: resiste. El relato ya no acompaña a la acción. Sustituye a la acción.

Y eso tiene un límite.

Porque el ciudadano no pide discursos brillantes. Desea que lo que oye se parezca mínimamente a lo que vive. Y cuando esa distancia se hace insoportable, el relato deja de proteger y empieza a delatar.

España no es una excepción. Es parte de un fenómeno amplio. En Estados Unidos, el discurso oficial no pudo tapar la inflación ni la inseguridad y acabó provocando una reacción brusca. En Francia, el relato europeísta ya no ordena el país. En Alemania, la retórica responsable se disolvió en la parálisis. Y en Europa, las declaraciones solemnes ya no disuaden a nadie.

El relato se ha quedado sin autoridad.

Por eso emergen liderazgos que no destacan por lo que cuentan, sino por lo que hacen —o por la sensación de que hacen—. Trump no seduce: irrumpe. Meloni no teoriza: decide. Ayuso no pontifica: actúa. Gustarán más o menos, pero proyectan algo que hoy escasea: dirección reconocible.

Frente a eso, Sánchez sigue atrapado en la política del relato infinito. Singularidad, vivienda, Ucrania, Israel, Eurovisión, Franco, fachas… Cree que aún puede ganar tiempo explicando mejor lo que ya no se acepta. Que el problema es de comunicación, no de fondo. Y ese error es letal en la era del agotamiento.

Cuando el relato se convierte en trinchera, deja de ser relato. Es propaganda defensiva. Y esa propaganda no moviliza: cansa.

El resultado es visible: votantes que ya no escuchan, electores que se abstienen, antiguos apoyos que callan. No hay estallido. Hay desconexión. No hay rebelión. Hay distancia.

La gran paradoja es esta: cuanto más se esfuerza el poder en contarse, menos creíble resulta. Cuanto más se explica, menos convence. Porque la realidad, cuando no se corrige, acaba imponiéndose sin necesidad de discurso.

El tiempo del relato omnipotente ha terminado. No solo en España. En todas partes. Y quienes sigan gobernando como si bastara con contar bien las cosas descubrirán demasiado tarde que el problema ya no era el mensaje.

Era la realidad que el mensaje intentaba tapar.

Y cuando el relato cae, lo que queda al descubierto no es la oposición. Es el desgaste. 

A.M. BEAUMONT