Julio Iglesias: ¿De "truhan y señor" a agresor sexual?

Julio Iglesias, en una imagen de archivo
En nuestro ordenamiento jurídico prevalece el principio de presunción de inocencia, un derecho fundamental frecuentemente invocado pero escasamente respetado. Jurídicamente, cualquier persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario en un tribunal de justicia; sin embargo, en la práctica, el veredicto suele dictarse antes en el tribunal de la opinión pública y los medios de comunicación.
Como psiquiatra, puedo afirmar que la denominada "pena de banquillo" es un estresor con capacidad suficiente para desencadenar Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), depresiones severas, cuadros de ansiedad y otras afecciones psiquiátricas graves que tienden a la cronificación.
Recientemente, ha irrumpido en los medios una noticia de alto impacto: el célebre cantante Julio Iglesias ha pasado de ser el eterno "truhan y señor" a ser señalado como un presunto agresor sexual. Se trata de hechos que, presuntamente, acontecieron hace tres décadas, lo que dificulta enormemente la presentación de pruebas materiales o testimonios irrefutables.
En casos que involucran a figuras con un patrimonio ingente, surge inevitablemente el debate sobre si las acusaciones buscan una compensación económica o relevancia mediática, especialmente cuando no existe una denuncia judicial formal. Este caso no parece ser la excepción. De forma súbita, han aparecido entrevistas en las que las presuntas víctimas acusan de forma taxativa al veterano cantante de delitos de extrema gravedad.
La trayectoria de Julio Iglesias es incuestionable. Personalmente —aunque ambos hayamos veraneado en la misma localidad, Peñíscola— no le conozco, por lo que no puedo ni debo emitir un diagnóstico clínico directo. Es evidente que su fama de "conquistador" ha sido una constante en su carrera, alimentada incluso por él mismo a través de comentarios públicos que, en ocasiones, resultaban de dudoso gusto. No obstante, hasta donde se tiene constancia, no posee antecedentes penales de esta índole ni un patrón de comportamiento agresivo que haya derivado en denuncias formales a lo largo de su vida. El éxito suele dejar cicatrices en el camino, pero estas no equivalen a criminalidad.
No es mi intención cuestionar el relato de las presuntas víctimas, pues carezco de argumentos para ello. Lo que sí cuestiono es la ausencia absoluta de prudencia por parte de la sociedad y los medios frente a la presunción de inocencia.
Desde el punto de vista psiquiátrico, es vital diferenciar entre la persona y el personaje. No debemos caer en el error de validar el mito del "latin lover"; esta es una construcción mediática, no un constructo psicológico o psicopatológico, y mucho menos una prueba judicial.
A través de sus múltiples apariciones públicas y de las entrevistas que he leído, se pueden observar en el cantante rasgos de narcisismo y cierta inmadurez emocional. Bajo el personaje, percibo a una persona tímida, a veces insegura, obsesiva, perfeccionista y rígida; un ser humano marcado por las secuelas físicas de su juventud que ha gestionado su vulnerabilidad a través de su carrera. Sin embargo, no se aprecian en él rasgos de un psicópata perverso, un parafílico grave o un psicótico.
Resulta llamativo el contraste entre este juicio mediático y la indulgencia con la que a veces se tratan escándalos que afectan a la clase política, donde sí existen pruebas de delitos que parecen quedar sepultados por este tipo de "pseudoescándalos a la carta".
Estamos ante temas de una sensibilidad extrema que exigen rigor. Cualquier reproche penal debe ser dictado por la Justicia basándose en pruebas concluyentes, no en divagaciones o suposiciones. Los medios de comunicación tienen una función informativa, pero no son jueces ni, habitualmente, son imparciales. Lo peor es que el refrán tiene siempre razón: “Difama que algo queda”.