La libertad de expresión no ampara la crueldad

Nacho Abad, presentador de "En boca de todos"
Hay bromas que entran como un cuchillo caliente en la mantequilla y otras que lo hacen al ritmo de un mal gusto extremo. El sketch del tal Quequé pretendiendo ridiculizar a Nacho Abad que ha incendiado de indignación las redes sociales pertenece, claramente, a la segunda categoría.
Cuando una tragedia como el accidente de Adamuz todavía respira en la memoria de las víctimas, de sus familias y de cualquiera que haya visto las imágenes sin poder cambiar de canal a tiempo, pretender ser chistoso no es humor, es insulto, falta de empatía y un auténtico despropósito que lejos de afectar a quien se pretende, hiere a cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Es como alguien contando una anécdota graciosa en un velatorio y sorprendiéndose de que nadie aplauda.
La libertad de expresión suele invocarse como una manta grande: tapa mucho, pero no todo. No tapa el error de cálculo, si es que alguien se ha parado a calcular algo. Y desde luego no tapa el derecho de las víctimas a no convertirse en daño colateral de un gag inoportuno, zafio y carente de la más mínima gracia
Decir que “el humor no debe tener límites” suena valiente, pero es una frase cómoda para quienes pretenden disimular su cobardía porque, sí: el humor tiene líneas rojas, no porque lo diga un juez, ni un código penal sino porque las establece una cosa que se llama humanidad cuando el chiste exige que alguien que ya está en el suelo se quede ahí un poco más para que funcione el remate. Y, desde luego, lo que no es de recibo es fingir que no ha pasado nada, que todo vale, que si alguien se siente herido es porque “no lo ha entendido”.
A veces se entiende
perfectamente. Y aun así duele. Y ahí, justo ahí, es donde no empieza la censura. Empieza la decencia.