la mirilla
El No-Do de Sánchez no muestra los escombros de España

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa.
Pobre Pedro Sánchez. En su última visita a la zona de emergencia en Andalucía, algunas de las señoras que el PSOE había movilizado para arroparle no le hablaban de política. Le pedían que comiera, que estaba muy desmejorado.
A Sánchez ya no le ven bien ni los que se colocan disciplinadamente con él dentro del muro.
Hay frases que retratan un momento. Alberto Núñez Feijóo dijo este martes en Valencia que España necesita “menos BOE y más PIB”. Y, más allá de la pelea partidista, la frase describe bien lo que muchos perciben en la calle. Manda la propaganda.
España vive en una legislación constante y en una gestión escasa. Se publican normas sin descanso, pero cuesta encontrar decisiones que mejoren la vida real de la gente.
El Gobierno responde a cada problema con un decreto, a cada desgaste con publicidad y a cada crítica con un enemigo.
Mientras tanto, lo esencial —empleo, competitividad, mantenimiento de infraestructuras— queda en segundo plano.
El accidente ferroviario de Adamuz lo ha recordado de la peor manera posible. Hay inversiones que no lucen, pero sostienen un país. No dan titulares. Pero evitan tragedias.
Feijóo lo resumió con otra frase certera: hay gastos que no dan votos, pero salvan vidas. Y esa es, precisamente, la diferencia entre gobernar y sobrevivir.
Porque el problema de España no es que falten leyes. Falta dirección.
Un Gobierno que no puede aprobar presupuestos durante años, que depende de minorías cada vez más exigentes y que gobierna a golpe de decreto no transmite fortaleza. Transmite agotamiento.
Y ese desgaste ya no se mide solo en encuestas.
Se mide en elecciones. En esa calle que ya no puede pisar Sánchez sin que le abucheen.
Galicia. Extremadura. Aragón. El mapa se mueve. El voto cambia. La desconfianza crece.
Aun así, en La Moncloa siguen actuando como si nada ocurriera, como si bastara con resistir un poco más, explicar un poco mejor, culpar a alguien nuevo.
Pero hay una realidad que no se puede decretar ni maquillar: cuando un país se gobierna a base del No-Do, acaba viviendo entre escombros.
Y los escombros no siempre se ven en las calles. A veces están en las instituciones. Y, cada vez más, en la confianza de los españoles.
A.M. BEAUMONT