Sociedad culpable

Sociedad Culpable
Buena parte de las políticas identitarias de la actualidad se basan en cambiar nuestros hábitos cotidianos, intentando hacernos sentir culpables por cualquier cosa, por simple que nos parezca. Se trata de echar por tierra y desmontar lo que somos como sociedad. Reforzar nuestro sentido de la culpa es la manera sibilina que tiene el poder de atenazarnos como individuos frente al colectivo.
Y como toda ‘protección’ de papá estado tiene un precio, ese precio siempre es un impuesto nuevo. Comparando la cantidad de impuestos hoy en día frente a los que había hace 30 años es para echar a correr. Toda esta suma de malas praxis de los gobiernos hace que aflore en mí un sentimiento de rebeldía individual. Al menos que sepan que no somos bobos.
No me siento culpable
No sé ustedes pero yo…
… No me siento culpable por echar gasolina a mi coche, más o menos cada 15 días.
No me siento culpable por querer ser libre o querer dirigir mi vida sin que un político me diga lo que tengo que hacer.
Me niego a sentirme culpable por comer carne, aunque sí es cierto que por otros motivos que no vienen al caso cada vez me guste menos.
No me siento culpable por querer pagar los menores impuestos posibles.
No me siento culpable por montarme en un avión para un trayecto de 40 minutos.
No me siento culpable por manejar efectivo. Y por no querer que nos impongan la moneda virtual.
Nadie debe sentirse culpable por comprarle un balón a su hijo o una ‘barbie’ a su hija… si al niño les gusta el fútbol y a la niña jugar con muñecas.
No te sientas culpable por no tener una huerta autosostenible en tu apartamento de 30 metros cuadrados.
Yo particularmente no me siento culpable por hablar como me enseñaron de pequeño, sin sexualizar las palabras como nos quieren imponer los políticos desocupados de turno.
No me siento culpable ni insolidario por querer prosperar económicamente.
No te sientas culpable porque te guste vivir bien, si puedes permitírtelo.
No me siento culpable de haber nacido hombre. Y tú, tampoco deberías, o si has nacido mujer, lo mismo… ni por ser blanco, negro o amarillo, heterosexual u homosexual.
No me siento culpable por querer ahorrar o pensar en mi futuro.
No me siento culpable por defender los valores de la familia.
Me parece ridículo que nos quieran hacer sentirnos culpables de la historia de nuestros antepasados. La historia se conoce y se aprende de ella, no se juzga con los criterios morales actuales.
No me siento culpable por desconfiar de algunas personas. No todo el mundo es bueno. De hecho, hay demasiada gentuza suelta.
Reconozco que soy bastante malo contando chistes, pero si a ti se te da bien, no te sientas culpable y cuéntalos del tema que te dé la gana. Hace falta más sentido del humor. Sin autocensura.
Y, por supuesto, no te sientas culpable de pensar distinto, de salirte del redil de la masa si crees que es el camino correcto.
Parte del truco de magia de esta generación de políticos es pretender anular a las personas. Poco a poco, para proyectar sociedades civiles domesticadas y empobrecidas. Sin demasiados recursos económicos ni intelectuales que puedan cuestionar a la casta.
Educación y espíritu crítico
Al hilo de esto, me viene a la cabeza una cita del maestro Antonio Escohotado sobre la riqueza de las naciones. “Los países no son ricos por tener recursos naturales o grandes infraestructuras, los países son ricos porque su población tenga educación y conocimiento”, decía. Y no le faltaba razón. La educación no es solo decir “gracias” y “buenos días” al vecino del quinto, que también. Educación es hacer las cosas bien, no porque nos vigile un policía o papá estado, sino porque hacer las cosas bien es la única forma de hacer las cosas.
Educación es, también, sentir respeto por uno mismo y por el resto de las personas con las que convive. Y es imposible tenerse respeto sin tener medianamente agudizado el espíritu crítico. Cuestionarse mínimamente las cosas. Fiscalizar al poder, ya sean de los nuestros o de los contrarios.
Normalmente, los ciudadanos nos quejamos de todo y no entendemos cómo los políticos son tan mediocres, (siempre hay excepciones, por supuesto). Pero estos mismos ciudadanos, nosotros, no nos miramos al espejo para hacer autocrítica de lo que en realidad podemos hacer.
Es alarmante la falta de cuestionamiento ante los atropellos que nos tragamos, o ante el relato que el poder nos quiere imponer. ¿Cómo pretendemos que nuestros políticos sean buenos si cómo sociedad somos mediocres? A fin de cuentas, ellos son nuestro reflejo.
Esta sociedad actual, tristemente, castiga el esfuerzo, premia al vago disfrazándolo de débil. Fomentando su victimismo en lugar de ayudarle a crecer. Iguala siempre por lo bajo, lo ramplón. La meritocracia está considerada como un valor sospechoso, casi vergonzante. La persona con éxito está bajo lupa, mientras el mediocre se mueve como pez en el agua. Porque así nos quieren los políticos.
Y nos lo comemos. Porque el político mediocre no quiere una sociedad cultivada, crítica, que le cuestione o le haga sombra. Más bien moldea personas dóciles, que paguen impuestos y no protesten; y otros que reciban subsidios para comprar sus voluntades. Colectivos estigmatizados con etiquetas, controlados masivamente con dinero público.
Lamentablemente, la visión del dirigente cortoplacista es que le sirve más un ciudadano dependiente y cautivo que uno libre, que se gane su propio pan. Cuanto más próspera es una sociedad, más se aleja del político. No lo necesita. Y eso, ellos lo saben y no están por permitirlo. Por eso buscan construir las estructuras de una manera frágil, para que la dependencia esté asegurada.
Es una visión inmoral del buen gobierno y de la política, pero así de corrupto puede ser el sistema, y por qué no decirlo aunque duela, también nosotros que los elegimos y permitimos todo sin que pase nada. Lo más perverso es que la mayoría no solo lo ha aceptado, sino que piensa que es la única manera de hacer las cosas en sociedad y hasta les tenemos que estar agradecidos.
Ir a contracorriente
La moralina que se ha recuperado en el discurso social, especialmente por los sectores más a la izquierda, son un retroceso a nuestro modo de vida. Jamás la humanidad había sido tan productiva, y alcanzado cotas tan altas de bienestar y crecimiento como desde la década de los 60’s del siglo pasado en adelante, y al mismo tiempo, estamos haciendo todo lo posible por echar a perder el terreno ganado (teoría del decrecimiento que muchos compran).
Este proceso de autodestrucción será objeto de estudio dentro de unas décadas. Estamos haciendo méritos para ser la generación de idiotas más grande de la historia.
Ahora bien, siempre hay una salida para todo. En este caso es ir a contracorriente y cuestionarse la versión oficial del poder. Así nos demostraremos que ellos son una carga, un mal necesario, y que nosotros anteponemos ser libres a sumisos.
Y la libertad responsable, con sus derechos y sus obligaciones, sin perjudicar a nadie, debe estar por encima de cualquier cosa.