la mirilla
La política de la demagogia del insulto topa con Juan Roig

El presidente de Mercadona, Juan Roig, posa tras una rueda de prensa para informar sobre los datos económicos de Mercadona.
La ultraizquierda española tiene un método para explicar la economía: el insulto. Si algo sube de precio, la culpa es del empresario. Si el mercado se complica, aparece el culpable perfecto. Y si además es un empresario conocido, mejor todavía. Así fue como Ione Belarra decidió llamar “ser despreciable” a Juan Roig, el presidente de Mercadona.
El problema de este tipo de política es que suele terminar chocando con la realidad. Cuando le preguntaron por el insulto, Roig no respondió con otro insulto. Hizo algo mucho más incómodo para quienes viven del ruido: contestó con calma. Dijo que respeta las opiniones de los demás aunque no las comparta. Y recordó algunos datos que rara vez aparecen en los discursos políticos: salarios por encima del sector, reparto de beneficios entre trabajadores y miles de empleos creados. Nada espectacular. Simplemente gestión.
Ese contraste explica bastante bien uno de los problemas de la política española actual. Mientras algunos dirigentes construyen su discurso señalando culpables, la economía real sigue funcionando con otra lógica: inversión, riesgo, trabajo y empresas que, con sus aciertos y errores, sostienen buena parte del empleo del país.
Criticar a los empresarios es legítimo. Forma parte del debate democrático, claro. Pero convertir el insulto en argumento es otra cosa. Y además conduce a algo más profundo. La izquierda que durante décadas decía representar a los trabajadores ha terminado encontrando un enemigo más fácil: quien crea las empresas donde esos trabajadores encuentran empleo. Es un cambio cultural llamativo. Se habla mucho en nombre del trabajador, pero cada vez se comprende menos cómo funciona el tejido económico que lo sostiene.
Por eso el contraste entre el insulto político y la respuesta tranquila de Roig resulta tan revelador. Uno representa la política del señalamiento permanente. El otro, la realidad cotidiana de quienes arriesgan, invierten y levantan empresas en un país que demasiadas veces mira con sospecha a quienes crean riqueza.
Con todo, la política puede permitirse muchas cosas. Excesos incluidos. Pero convertir el insulto en programa económico no es una de ellas. Porque cuando los adjetivos sustituyen a las ideas, la política deja de explicar la economía y empieza simplemente a gritarle.
Y la economía —para desgracia de los demagogos— no funciona a base de gritos.
A.M. BEAUMONT