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Las vacaciones de Sánchez y Begoña Gómez en Doñana: secretismo y Falcon en lugar de AVE

Ningún españolito de a pie que se levanta cada mañana para cumplir con su jornada y esperar la nómina a final de mes se atrevería a desobedecer una citación judicial. Begoña Gómez, pentaimputada por tráfico de influencias, sí

Pedro Sánchez y Begoña Gómez, en el Festival de Cine de San Sebastián en 2024.

Pedro Sánchez y Begoña Gómez, en el Festival de Cine de San Sebastián en 2024.Europa Press

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Mientras el juez Juan Carlos Peinado aguarda este miércoles a las 12 del mediodía en los juzgados de Plaza de Castilla, Begoña Gómez y Pedro Sánchez disfrutan desde el martes de un inmerecido descanso a 650 kilómetros de distancia. El destino: el Palacio de las Marismillas, en el corazón del Parque Nacional de Doñana. Allí, en una residencia de Patrimonio Nacional, la pareja presidencial se ha instalado con todo el aparato del Estado: Falcon oficial hasta la base de Rota, traslado en ferry y un imponente dispositivo de seguridad. Todo pagado con dinero público. Todo en días laborables. Todo envuelto en el habitual oscurantismo de Moncloa.

Ningún españolito de a pie que se levanta cada mañana para cumplir con su jornada y esperar la nómina a final de mes se atrevería a desobedecer una citación judicial. Begoña Gómez, pentaimputada por tráfico de influencias, corrupción en los negocios, apropiación indebida, intrusismo y malversación, sí puede. Su historial —usar a una funcionaria para gestiones privadas, valerse del cargo de su marido para obtener cátedra, patrocinios y hasta software a medida de multinacionales— revela el sentimiento de impunidad que la ha llevado hasta aquí. Pensaba que nada le ocurriría. Y, de momento, sigue actuando como si así fuera.

Pero más allá del caso judicial, lo intolerable es la opacidad con la que se gestionan estas vacaciones. Los españoles tenemos derecho a saber si nuestro presidente está trabajando o de asueto. Si la seguridad impide revelar el lugar exacto con antelación, al menos debe informarse a posteriori. Y, sobre todo, debe explicarse cuánto cuesta: el palacio, el Falcon, el combustible, el servicio y la protección. Porque todo eso sale de nuestro bolsillo.

Es especialmente insultante el medio elegido para llegar a Andalucía. En lugar del AVE —ese tren que, según el Gobierno, “atraviesa el mejor momento de su historia”— Sánchez optó por el Falcon. No solo por el derroche de queroseno en tiempos en que llenar el depósito duele a todos. También porque, apenas dos meses y medio después del trágico accidente de Adamuz que costó la vida a 46 personas en la línea Madrid-Andalucía, el presidente ha desperdiciado una oportunidad de oro para transmitir confianza en el ferrocarril con el ejemplo. Prefirió su comodidad personal.

A Sánchez todo le da igual, salvo su propio bienestar. Esta escapada a Doñana no es más que otro capítulo en su largo catálogo de despropósitos. Y los españoles, mientras tanto, pagamos la factura.

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