editorial
El sanchismo corrupto queda expuesto en el Supremo mientras Sánchez vive en su realidad paralela
Joseba García, hermano de Koldo, ha confesado sin rodeos que acudió al menos dos veces a la sede federal del PSOE en la calle Ferraz para recoger sobres con dinero en metálico

El empresario Víctor de Aldama a su llegada al Tribunal Supremo
Mientras el Tribunal Supremo destapa las vergüenzas del sanchismo en su primera sesión del juicio por el caso de las mascarillas, Pedro Sánchez actúa como si la cosa no fuera con él. En la sala, los hombres que lo auparon al poder hasta La Moncloa —la famosa banda del Peugeot— ocupan el banquillo: José Luis Ábalos, exministro de Transportes y exsecretario de Organización del PSOE, y Koldo García, su exasesor, además del empresario Víctor de Aldama. La Fiscalía pide 24 años de cárcel para Ábalos y casi 20 para Koldo. La trama, anidada en el Ministerio de Transportes, revela adjudicaciones arbitrarias de contratos de material sanitario durante la pandemia a cambio de comisiones millonarias. Dinero público que acabó financiando un tren de vida opulento, enchufes y favores íntimos.
El primer día de vista oral ha sido demoledor. Joseba García, hermano de Koldo, ha confesado sin rodeos que acudió al menos dos veces a la sede federal del PSOE en la calle Ferraz para recoger sobres con dinero en metálico. “Toma, aquí tienes el dinero”, le decían. No eran pagos orgánicos al partido: eran entregas en efectivo a terceros ajenos a la estructura del PSOE, destinadas presuntamente a alimentar la trama. Todo ello mientras el Ministerio que dirigía Ábalos repartía contratos millonarios de mascarillas con irregularidades flagrantes.
Al mismo tiempo, la exnovia de Ábalos, Jésica Rodríguez, ha reconocido recibir dinero en efectivo del exministro, cobrar sueldos en empresas públicas dependientes de Transportes (Ineco y Tragsatec) sin trabajar y disfrutar de un piso gratis en pleno centro de Madrid. La colocaron como “sobrina del ministro” o del asesor. Dinero de todos los españoles pagando amantes, lujos y silencios. Prostitución pagada con impuestos, según la sospecha que sobrevuela la causa. Dinero público malgastado mientras los españoles morían en las residencias.
Y Sánchez, mientras tanto, vive en su burbuja. Graba sus ridículos vídeos de TikTok, se va de vacaciones como un escolar y niega la realidad con la misma cara de póker de siempre. Sus máximos hombres de confianza —los que recorrieron España en aquel Peugeot para devolverle el partido y el poder— están en prisión provisional, imputados o sentados en el banquillo. La corrupción salpica de lleno al Gobierno y al PSOE. Pero el presidente, ausente, esquiva las balas como si la película no fuera con él.