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Un nuevo episodio de la noche de Delcy en Barajas compromete a 5 ministros: Aldama movía los hilos

La lista de invitados era de lujo: María Jesús Montero, Teresa Ribera, Fernando Grande-Marlaska, Salvador Illa y José Luis Ábalos

Delcy Rodriguez

Delcy RodriguezEuropa Press

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El 'Delcygate' no fue un accidente diplomático. Fue un plan orquestado desde lo más alto del Gobierno de Pedro Sánchez para agasajar, en enero de 2020, a Delcy Rodríguez, entonces vicepresidenta de la dictadura de Nicolás Maduro. Así lo revela el testimonio de Víctor Aldama ante la Audiencia Nacional y lo respaldan las facturas intervenidas por la UCO: 3.100 euros por el alquiler de un chalé en El Viso y 946 euros en catering de Sobejano para nueve y siete comensales. Todo pagado por el empresario que, según su propia confesión, movía los hilos.

La lista de invitados era de lujo: María Jesús Montero, Teresa Ribera, Fernando Grande-Marlaska, Salvador Illa y José Luis Ábalos. Y, según Aldama, el propio Sánchez estaba convocado. Ábalos se lo comunicó directamente al presidente por mensaje: “La vicepresidenta de Venezuela viene en privado y quiere verme discretamente”. Sánchez contestó con un escueto “Bien”. No puso pegas. La cena privada iba a celebrarse los días 20 y 21 de enero en un chalé de 400 metros con piscina. Todo estaba listo: sala de autoridades en Barajas, escoltas, policía y hasta una “cena con sorpresa”.

Pero a última hora se abortó la operación. Delcy Rodríguez, sancionada por la UE, no podía pisar suelo Schengen. La vicepresidenta pasó la noche en la terminal ejecutiva de Barajas y fue enviada a Doha al amanecer. El plan se desmoronó, pero las pruebas quedaron: facturas, agenda intervenida y el testimonio del propio Aldama, que sitúa al empresario como organizador de un encuentro de alto nivel entre el Gobierno español y la número dos de Maduro.

Cinco ministros y el presidente dispuestos a cenar en privado con la mano derecha de una dictadura que pisotea derechos humanos y arruina a su país. No fue un error logístico. Fue una decisión política. Y esa decisión exige hoy una explicación urgente, pública y sin ambages. Porque si Aldama movía los hilos, alguien en Moncloa los sostenía. El silencio ya no es una opción. Es complicidad.

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