De Andalucía al cielo

Nazarenos
En una sociedad joven donde la inmediatez y la superficialidad son la principal forma de medir la vida y en la que las redes, los clics y, por supuesto, los influencers se han convertido en los mayores referentes, en Andalucía parece que somos capaces de poner freno a esa oleada de modas que no hacen más que convertir a las personas en seres cada vez menos sensibles y -por desgracia, como califican algunos ya con canas- en una “generación fachada”.
Asumiendo que lo anterior es ya una realidad, pero sin tener interés hoy en hacer una lectura negativa de la sociedad, considero que Andalucía ha sido y es líder en saber conservar su identidad; que es la mejor herramienta que tenemos para hacer única a nuestra tierra y, por supuesto, la que tienen desde Sevilla los parlamentarios para conservar nuestra autenticidad.
Si paramos un momento y hacemos una radiografía sobre cómo está creciendo nuestra tierra podemos celebrar, conscientes de que durante años no fue así, que Andalucía está siendo capaz de situarse entre los principales lugares de Europa a nivel empresarial y social, pero sin perder su alma, volverse impersonal o convertirse en un territorio carente de sentido.
Siendo el que escribe un andaluz hasta la médula, aunque con ascendencia navarra, aflora en mí mi lado más cofrade cuando hablamos de nuestra identidad. Siento la necesidad de poner en valor aquello que me corre por las venas, me define, me pertenece; lo que, sin duda, saca mi lado más boquerón: la Semana Santa, calificada por muchos como la mejor forma de mostrar al mundo la religiosidad popular.
Siguiendo el hilo de la idea anterior y, con la cera pegada en las suelas de nuestros zapatos y el olor a incienso todavía presente, quisiera aprovechar el tiempo de Pascua para reflexionar sobre lo que supone ser cofrade en Andalucía y la influencia que la Semana Santa tiene en nuestra sociedad.
Sin ánimo de entrar en el debate acerca de cuál es la situación del cristianismo en la actualidad, sí pienso que es importante reconocer el trabajo y la entrega de miles de andaluces que, de manera anónima y desinteresada, realizan durante todo el año para poner durante siete días a Andalucía en el centro de todas las miradas.
Una semana en la que no solo salen el Señor y la Virgen a la calle, sino en la que se pone de manifiesto nuestro patrimonio, nuestra gastronomía, nuestra hospitalidad, nuestra música y, en definitiva, nuestra manera de ser. Una semana en la que el andaluz, alejado de la prisa de la rutina, puede volver a sentir la Andalucía más pura y verdadera, lejos de esa Andalucía saturada de cuerpos abrasados angloparlantes que consideran las 12:00 la hora perfecta para comer paella.
Desde pequeño, el Lunes Santo es en mi casa el día más importante del año y todavía, después de llevar 18 años vistiéndome de nazareno para acompañar a la Virgen de Gracia y Esperanza, me duele la barriga cuando mi madre me despierta y me dice que ha llegado el día.
Esa sensación, que podría ser una anécdota personal aislada, supone en Andalucía un sentimiento casi inherente a la persona y ha provocado que se esté viviendo una auténtica revolución de Fe entre los jóvenes que, aunque algunos la califiquen como una moda, tiene un gran trabajo detrás. Este éxito ha sido, en gran parte, gracias al esfuerzo incansable de las cofradías en los últimos años en nuestras provincias.
Es evidente que el buen desarrollo de algo tan grande como la Semana Santa en Andalucía es imposible sin la colaboración de aquellos que tienen el privilegio de representarnos en las Cortes. Aquí me gustaría pararme un momento para señalar que las instituciones han hecho y hacen un trabajo impecable para que nosotros podamos plasmar con libertad aquello que algún día nos enseñaron nuestros mayores.
Es cierto que los andaluces somos especialistas en que lo nuestro salga hacia delante y, encima, bien. Nos encantan los “saraos”. Desde el Rocío en Huelva, la Semana Santa en Málaga, las Cruces de Córdoba, las carcajadas del lado más gracioso que siempre serán para los Carnavales de Cádiz o el flamenco que alcanza su máximo auge en el albero sevillano de la Feria que ahora mismo estamos viviendo.
Así podríamos rellenar páginas enteras explicando en qué somos especialistas en cada una de nuestras ocho provincias. Ser andaluz podría parecer una faena si no supiéramos compaginar tan bien esta riqueza cultural con nuestro día a día. Porque si algo hemos demostrado es que sabemos celebrar, sí, nos encanta, pero también avanzar y cumplir.
Quizá no siempre somos conscientes, pero todo ese empeño por cuidar lo nuestro moldea nuestra forma de ser. En el mundo cofrade he visto cómo personas muy distintas son capaces de unirse con un mismo objetivo, dejando a un lado lo individual por un bien común.
Esa forma de entender la vida también se traslada a otros ámbitos, incluso al institucional y político. Cuando se trabaja con un propósito compartido -que Andalucía sea mejor- las metas se cumplen. Y Andalucía es un buen ejemplo de ello. Porque no hay mejor manera de liderar que poniendo corazón a las decisiones.
Pero si hay algo que realmente nos define, es lo que ocurre en la calle. Porque es ahí donde todo cobra sentido. La Semana Santa no solo mueve tronos y pasos, mueve corazones. Miles y miles de personas salen cada año con una misma esperanza: la de encontrarse con el Señor y la Virgen. Y es en ese instante, en una esquina cualquiera, entre un silencio o durante una marcha, donde se produce algo íntimo, casi inexplicable.
Porque en Andalucía hacemos de la calle el mayor de los templos. Y en ese templo aprendemos que la tradición y el sentimiento no se explican: se viven.