Ley D´Hondt y ley de Ohm
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ríe con el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.
Supongo que Juanma Moreno no será muy partidario de cambiar la ley electoral, especialmente en las circunstancias actuales. Con unas encuestas coincidentes en una holgada mayoría y rozando la ansiada mayoría absoluta no es momento para hacer mudanzas, aunque la turbación es notoria y notable.
Tras los resultados electorales viene siendo un clásico el deseo de cambio del sistema electoral. Algunos partidos contendientes -los más perjudicados- claman por modificaciones obvias: que gobierne el partido más votado, establecer una segunda vuelta y actualizar el modelo de las circunscripciones electorales. Sin embargo, un cambio de la ley electoral exige un acuerdo de las tres quintas partes de las Cortes Generales para realizar cambios constitucionales, cuestión que implica a las dos principales fuerzas políticas que, según les convenga, se muestran proclives o en desacuerdo con modificaciones de la norma.
En cualquier caso, el modelo actual ofrece clamorosas disfunciones que sólo el singular hábitat político permite. En el ámbito académico o en el deporte no se concibe que tres suspensos unan sus deficientes notas para alcanzar un inmerecido sobresaliente. Tampoco sería razonable que el tercero y cuarto clasificados eleven a un laureado podio al segundo en llegar a la meta. Sin embargo, en la política actual las favorecidas circunscripciones regionalistas (independentistas y contrasistema) suelen actuar como decisivo fulcro para elevar al poder a quien ha perdido las elecciones.
La ley D´Hondt siempre queda en entredicho según les haya ido la fiesta cada uno de los contendientes. En Andalucía se dirimirá con la fina línea que delimita una mayoría de una mayoría absoluta. Para uno u otro resultado habrá que recurrir a otra ley diferente a la de D´Hondt: la ley de Ohm.
En la ley de Ohm entran en juego tres esenciales variables: tensión, intensidad y resistencia. De la tensión podemos evocar el viral momento posterior a una amable entrevista televisiva. Un micrófono abierto registró la coincidencia del entrevistador (Iñaki Gabilondo) y el entrevistado (Rodríguez Zapatero) cuando ambos afirmaban que “Hay que mantener la tensión”. Este argumento se refería al efecto iniciado por Zapatero para sostener diversos niveles de rivalidad, sectarismo, confrontación y señalamiento. Mantener la tensión supuso el revulsivo para segmentar la sociedad y profundizar en las heridas que la Transición supo cicatrizar. Sin embargo, el socialismo dirimido en zapaterismo y sanchismo echó por tierra atisbo alguno de racionalidad democrática. Nadie como Rosa Díez describió la metamorfosis socialista: “Zapatero es el tumor y Sánchez la metástasis”.
Evidenciar y combatir la creciente tensión que el sanchismo imprime a la sociedad no es labor para posiciones de equidistancia y mansedumbre. Juanma Moreno ha decidido establecer unos parámetros de centralidad y moderación que, muy al contrario, no servirán para bajar la tensión. Según la ley de Ohm, si Juanma baja la resistencia aumentará la intensidad y se elevará la tensión. Y quién mejor para mantener una intensidad insoportable que la candidata más electrizante. Montero es alto voltaje, intensidad desmedida y persistencia inagotable. Una actitud de hiperactividad contumaz y dispersa no se cancela si no se interrumpe esa corriente cargada de manipulación, desfachatez e indisimulado desahogo.
La ley de Ohm dio su nombre a la unidad de resistencia, el Ohmio. Y sobre la resistencia nadie mejor lo puede expresar que el creador de Manual de resistencia. Pedro Sánchez lo ha dejado por escrito para sí y el sanchismo militante. Hay que resistir; hay que hacer frente a los elementos adversos que perturben sus pretensiones: resistir en el poder como sea y a costa de que sea. Y para este menester se necesita mantener la tensión, atacar con intensidad y resistir contra todo y contra todos.
La intensidad con la que se difunde el odio hacia el contrario es directamente proporcional al número de epígonos del sanchismo. Estos seguidores de la nueva ideología totalitaria se despliegan con inusual soltura en el desprecio y el insulto a través de innumerables soportes de difusión. Esta facilidad de comunicación o impregnación sectaria no se combate con la batalla perdida por el Partido Popular en el sector mediático. Al PP se le hace muy molesto eso de estar permanentemente desmontando los bulos, falacias y manipulaciones con las que se prodiga el sanchismo y la extrema izquierda.
Para el PP basta con que la sociedad evalué y prime la gestión, la solvencia, la estabilidad… y espera que ese reflexivo análisis le resulte beneficioso. Así, la sanidad, la educación y otras evidentes mejoras que el PP ha logrado no van a necesitar mayor énfasis. Muy al contrario, el sanchismo utiliza argumentos que deberían enrojecerle y abochornarle como arma contra un laborioso trabajo de hormigas de la centroderecha, pero siempre lo va a ensordecer una incansable plaga de cigarras. El sanchismo sabe que los servicios públicos son perfectibles. Por muchas aproximaciones a la perfección, siempre habrá beneficiarios descontentos. Y es ahí, en ese descontento -siempre lo hay- donde se percute con descomunal dramatismo.
Juanma Moreno no debería fiar su ansiada mayoría absoluta a ciertas virtudes inherentes a la bonhomía que dispensa en su discurso. Existen nuevas exigencias dimanantes e impuestas por el populismo hipócrita de la izquierda que intranquilizan y desazonan. Las posiciones de VOX contra la inmigración masiva y descontrolada, la reducción de ayudas a oenegés colaborativas con la inmigración ilegal y la prioridad nacional han sido argumentos admitidos para alcanzar el pacto de Extremadura. Sin embargo, Juanma Moreno se apresura a mostrar un nítido rechazo al pacto extremeño, anteponiendo ciertas dosis de candidez en asuntos que un amplio sector de la centroderecha espera sean resueltos sin ambages.
No se puede estar en la cárcel y con miedo. La estigmatización de la derecha en Andalucía viene perdurando desde aquel marchamo del señorito andaluz. ¡Que le pregunten a Javier Arenas! Y prosigue el estigma de la privatización de los servicios públicos, la pérdida de derechos y la cantinela del hodio, el racismo, la xenofobia… Así, con esta insoportable tensión, el autoproclamado nuevo defensor de la democracia urbi et orbi atenaza la libertad de expresión y genera un estado de culpabilidad en la sociedad, que ya no sabe qué decir o cómo decirlo para no situarse en el lugar más incorrecto de la historia. No. El socialcomunismo sanchista no es ineluctable; eso sí, siempre que no se presenten alternativas inermes en las posturas y el postureo. Por tanto, aplíquense en la ley de Ohm. Ante el socialcomunismo, más intensidad, alta tensión y mayor resistencia.