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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, en el Palacio de la Moncloa

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, en el Palacio de la Moncloa

Sánchez, en el precipicio, abandonado por sus socios: el PNV se suma a Junts y ve inviable que siga

El presidente del Gobierno vuelve a sufrir por su fragilidad parlamentaria y el Congreso echa por tierra el decreto de prórroga del alquiler gracias a los votos de dos de sus socios de investidura.

Benjamín López

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Pedro Sánchez vive hoy su enésimo momento de soledad parlamentaria. El Congreso tumba el decreto de prórroga del alquiler, una medida que el Gobierno presentó sin apenas negociar y que naufraga con los votos en contra de PP, Vox, UPN y Junts, y la abstención del PNV. Lo llamativo no es el fracaso en sí —ya habitual—, sino el autor del tiro de gracia: el Partido Nacionalista Vasco, hasta ahora socio fiable, ha decidido plantar cara y decir en voz alta lo que todos saben. Su portavoz, Maribel Vaquero, lo ha resumido con crudeza: “¿Cómo pretende seguir sin mayoría parlamentaria?”.

Junts desertó hace meses. Ahora el PNV se suma al coro y lo hace con una pregunta retórica que suena a sentencia: ¿cómo piensa Sánchez agotar la legislatura sin apoyos claros? La abstención no es un gesto técnico; es político. Los nacionalistas vascos llevan tiempo hartos de un Ejecutivo que gobierna por decreto, elude el diálogo y fuerza votaciones sin haber pactado nada. Podrían haberlo hecho antes, es cierto. Lo esencial no ha cambiado: Sánchez no tiene mayoría, aprueba todo por real decreto y negocia con nadie. Si hoy el PNV lo hace público es porque ha tomado una decisión estratégica. Empieza a abandonar el barco.

El lamento de Vaquero es claro y revelador: el sanchismo ya no ofrece garantías. Al PNV no le desagrada especialmente la idea de unas elecciones generales anticipadas. En Euskadi, el nacionalismo moderado mira con creciente preocupación cómo Bildu se consolida como socio preferente de Sánchez mientras ellos quedan relegados a comparsas de un Gobierno en caída libre.

Sánchez se aferra a La Moncloa como si el tiempo jugara a su favor, pero cada votación fallida es un paso más hacia el precipicio. Sus socios ya no le sostienen; le advierten. Y cuando el PNV, el partido que mejor ha sabido leer el mapa parlamentario, declara inviable la legislatura, el mensaje es inequívoco: el fin del ciclo se acerca. Sánchez puede seguir fingiendo normalidad, pero sus aliados ya han empezado a renegar del sanchismo. El barco se hunde y ellos saltan antes de que sea tarde.

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