Una estabilidad con acento

El presidente del PP-A y candidato a la reelección a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, durante la Intermunicipal del PP andaluz.
En un mundo tan cambiante y poco paciente como el de hoy, donde nada permanece y te quedas obsoleto conforme avanza el segundero del reloj, sería conveniente, aunque también ambicioso por nuestra parte, tener una clase política de calidad que trabajase por la estabilidad dentro del caos que supone vivir en el siglo XXI que hoy conocemos. Aunque siempre han existido—y por la condición del ser humano siempre existirán—, las diferencias políticas se han multiplicado en los últimos años, teniendo como resultado la fragmentación política que ya no se lee como una moda, sino como una tendencia que ha venido para quedarse.
El pluralismo político, que viene reconocido en el artículo 1.1 de nuestra Constitución, tiene como finalidad la representación de las ideas en las que los ciudadanos depositan su confianza; sin embargo, en el tiempo más reciente hemos visto cómo dicha fragmentación está imposibilitando la creación de nuevos gobiernos, siendo a veces un freno a la estabilidad. Es por ello por lo que surge la reflexión sobre si es necesaria o positiva la presencia de tantas fuerzas políticas o si, por el contrario, deberían optar por unir esfuerzos e ir en busca de gobiernos en solitario.
Siendo un debate muy interesante y con muchos hilos sueltos pendientes de enhebrar, considero que antes debemos centrarnos en el análisis de la clase política actual de nuestro país. Sin entrar en detalles en los que podríamos estar horas, resulta cansino ver cómo en la política, una de las profesiones con mayor responsabilidad, se está perdiendo aquello tan fundamental que te enseñan desde el primer día de uniforme en el cole: la humildad y la empatía. En contraposición, la soberbia y la chulería parecen ser cualidades imprescindibles para poder sentarte en un sillón parlamentario, algo que choca frontalmente con el deber principal de trabajar por el bien común, una idea que muchas veces confunden trabajando por todo lo contrario: su beneficio personal.
Como apasionado de la política desde pequeño y fiel creyente de que es una de las mejores herramientas para poder cambiar el mundo, creo que merece una reflexión el hecho de que los políticos, a diferencia del resto de los mortales, parezcan ser los únicos que no están obligados a cumplir en su puesto de trabajo con aquello con lo que se comprometieron. Las campañas electorales se convierten en semanas de promesas al aire, las cuales después parecen ser borradas y olvidadas por aquellos que nos pidieron decidirnos por ellas. Esto, que puede parecer insignificante y que en las sobremesas de las casas ya se trata con cierto sarcasmo, supone uno de los mayores riesgos para la democracia: la apatía política, la indiferencia y el hartazgo.
Sin embargo, aunque parezca difícil encontrar algo positivo después de escuchar cómo los telediarios nos informan de que hay días en los que se encuentran más políticos en los juzgados que en el Parlamento, o después de ver cómo algunos se autodefinen como históricos e imprescindibles, la vida nos recuerda que merece la pena seguir confiando en aquello que tanto les costó conseguir a nuestros antepasados. Tenemos la responsabilidad como ciudadanos de seguir cuidando y protegiendo la democracia.
Es justamente aquí donde los jóvenes jugamos un papel fundamental; el espíritu joven que nos caracteriza debe servir como impulso para formarnos y poder ser, en un futuro cercano, la respuesta que muchos hoy en día intentan buscar. Y para ello, es imprescindible la formación. En mi caso, he tenido y tengo la suerte de poder formar parte del equipo de Cánovas Fundación, una entidad que tiene el único objetivo de formar a jóvenes en cuestiones tan necesarias como la oratoria, el liderazgo o el debate, con el fin de hacer la sociedad un poco mejor.
En este sentido, creo que Andalucía ha sido líder en los últimos años. Aquello que parecía imposible, como una mayoría absoluta —algo muy difícil de gestionar pues, teniendo total libertad, no se debe olvidar que hay que gobernar para todos—, ha demostrado tener como resultado la estabilidad y el crecimiento. Habiendo estado durante décadas a la cola, Andalucía ha sabido jugar sus cartas para situarse en un lugar pionero donde el empleo y la creación de empresas se han disparado, alcanzando la cifra de 644.749 empresas según el Directorio de Empresas con Actividad Económica del IECA, y la tasa de paro ha caído casi 7 puntos desde 2019, alcanzando así cifras históricas que le sitúan entre las mayores potencias del país. Este resultado es fruto de un gobierno estable y comprometido; pues, aunque el pluralismo es fundamental, constatamos que en la práctica los gobiernos de coalición suelen ser fruto de pactos débiles que acaban enfrentando a los firmantes y dando la razón a la oposición.
Muchas veces no somos conscientes de la responsabilidad y el privilegio que supone depositar una papeleta en las urnas. Por eso, considero que los políticos deben trabajar para conseguir que las personas volvamos a creer en ellos, porque no hay mejor control que una ciudadanía comprometida e interesada en sus políticas. Debemos apreciar que la política es la mejor herramienta para cumplir con nuestro mayor mandamiento en la vida: hacer de este mundo un lugar mejor para los que vienen detrás.