El Dos de Mayo de fiesta y terracita

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso
Hubo un tiempo en el que Madrid no pidió permiso. El 2 de mayo de 1808 no fue una estrategia. No fue un plan. Ni siquiera una decisión política. Fue otra cosa. Un impulso.
La reacción de un pueblo que sintió que había límites que no podían cruzarse. Y decidió plantarse. Sin cálculos. Sin encuestas. Sin relato. Con lo puesto.
Han pasado más de dos siglos. Y el 2 de mayo sigue ahí. En los libros. En los discursos. En las ceremonias. Pero la pregunta es otra.
¿Qué queda de aquello? Porque hoy vivimos tiempos distintos. Más cómodos. Sin duda, complejos. Más… administrados.
Hoy todo se negocia. Se matiza. Y se explica hasta lo más absurdo. Y, sin embargo, cuesta encontrar ese momento en el que alguien diga: hasta aquí.
Ese instante en el que se deja de calcular. El gesto que no busca ventaja, sino dignidad. No se trata de idealizar el pasado. Hay que entenderlo.
El 2 de mayo no fue solo una revuelta. Fue una forma de decir que hay cosas que no se negocian. Y esa idea, por supuesto, en cualquier época, sigue siendo incómoda. Porque obliga. A tomar partido. A asumir costes. A no esconderse detrás de palabras.
Por eso quizá hoy se recuerda más de lo que se practica. Porque conmemorar es fácil. Lo difícil es estar a la altura.
A.M. BEAUMONT