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El vergonzoso abandono a la niña degollada en Cataluña

Ana Redondo, el asesino de Esplugues de Llobregat e Irene Montero

Ana Redondo, el asesino de Esplugues de Llobregat e Irene Montero

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Hay crímenes que sacuden un país. Y otros que parecen esconderse tras una cortina de silencio.

El asesinato brutal de una menor de 16 años este pasado fin de semana debería haber provocado una conmoción nacional. Debate. Reacción política. Preguntas incómodas.

Pero no. Demasiado silencio. Prudencia insultante. Miedo a molestar determinados dogmas ideológicos.

Y eso también tiene consecuencias. Porque cuando la sociedad percibe que algunas noticias reciben menos atención según quién sea el agresor o qué debate puedan abrir… la confianza se erosiona. Mucho.

No se trata de señalar a colectivos enteros. Eso sería injusto y profundamente equivocado. Se trata de exigir algo más básico. Que todas las víctimas importen igual. Que todos los crímenes graves merezcan la misma indignación. Y que la política no actúe con miedo cuando toca defender seguridad, convivencia y cumplimiento de la ley.

Porque el silencio, a veces, no apaga los problemas. Los agrava.

No me sorprende que la izquierda política y mediática trate de pasar de puntillas por el asesinato de la niña en Esplugues de Llobregat, dogollada por un hombre magrebí que gritaba :”Alá es grande”. Es su distrofia a la hora de juzgar crímenes, según sea una mujer u otra y dependiendo del origen del asesino.

Pero sí me llama la atención que el PP, con Alberto Núñez Feijóo a la cabeza, en vez de seguir dándole vueltas a eso de la “prioridad nacional”, no esté exigiendo al Gobierno la expulsión de todo inmigrante que delinca.

A.M. BEAUMONT

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