la mirilla
El póquer de derrotas de Sánchez hace añicos su relato

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acompaña a la candidata a la Presidencia de la Junta, María Jesús Montero en un acto de la campaña electoral en Andalucía.
Hay imágenes políticas cada ver se explican peor. De mala manera. Una de ellas es ver a los gurús mediáticos y demoscópicos del sanchismo desfilando por platós y tertulias intentando razonar que lo ocurrido este domingo en Andalucía no tiene nada que ver con Pedro Sánchez. Lo mismo dijeron con Extremadura. Lo mismo con Aragón. Lo mismo con Castilla y León. Son autonómicas, no nacionales, cuentan. Aunque, si la lluvia cae una vez, vale. Pero, cuando llevas cuatro chaparrones seguidos ya no es meteorología. Es clima.
La escena provoca una cierta ternura. De verdad. Porque exige un esfuerzo sobrehumano: pedir a los españoles que no crean lo que ven. Que olviden la realidad. Y que acepten que cuando el PSOE abra las urnas nacionales, gracias al liderazgo de Sánchez, todo será distinto. Ahora, se pierde, pero la culpa es del candidato, del territorio, del viento o de la alineación de las estrellas.
Si bien, fue el propio PSOE quien convirtió Andalucía en un plebiscito del sanchismo. Allí desembarcó María Jesús Montero, número dos del Gobierno. Allí apareció Pedro Sánchez como un candidato más. Mítines. fotos. Abrazos. Presencia continua. El mensaje era cristalino: votar PSOE era votar Sánchez.
Y ahora llega el resultado. El peor dato histórico en un territorio que durante décadas fue la gran reserva espiritual del socialismo español. Andalucía fue durante años el corazón electoral del PSOE. Ver hoy ese mapa es contemplar un funeral político. Con banda sonora de excusas.
Sánchez cierra así un póquer de tropiezos electorales. Cuatro toros al corral. Cuatro mensajes. Luces rojas encendidas. Y aún así, desde La Moncloa seguirán diciendo que aquí no pasa nada. Que la legislatura goza de una salud magnífica. Que España avanza.
Demasiado teatro. ¿No? Mucha propaganda. Tanto maquillaje que se les ve la cara pintada.
Porque llega un momento en que los ciudadanos dejan de discutir encuestas y empiezan a hablar en las urnas. Y las urnas tienen una virtud incómoda: no ven los platós y sus juegos por dentro.
A.M. BEAUMONT