la mirilla
Sánchez y su espejito mágico

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen
“Vamos a seguir”. Pedro Sánchez pronunció este domingo esas tres palabras ante los jóvenes socialistas. Sencillo de entender. Pero palabras que, escuchadas hoy, dicen mucho más de lo que parecen.
Porque la pregunta ya no es si Sánchez quiere seguir. Eso lo sabemos todos. La pregunta es otra: ¿qué tendría que ocurrir para que considerase que ha llegado el momento de dar la voz a los españoles?
¿No bastan los escándalos que rodean al PSOE? ¿No bastan los casos que han afectado a ministros, exministros, asesores, dirigentes y colaboradores? ¿No bastan las investigaciones judiciales que cercan cada vez más al entorno político y personal del presidente? ¿No basta una legislatura sostenida a base de cesiones permanentes a quienes quieren debilitar al Estado? Parece que no.
Sánchez ha decidido que el problema nunca está dentro. Siempre está fuera. La oposición es marrullera. Los jueces son sospechosos. Los medios son hostiles. Los empresarios son egoístas. Todo el mundo tiene la culpa menos quien ocupa La Moncloa.
Mientras tanto, la realidad sigue acumulándose. Los Presupuestos, desaparecidos. El Parlamento funciona a trompicones. Los socios marcan el rumbo del Gobierno. Cada semana aparecen nuevos episodios que erosionan la credibilidad institucional. Y la sensación de agotamiento político se extiende mucho más allá de las siglas de la oposición.
Los sondeos empiezan a reflejarlo con claridad. El publicado por ABC de GAD3 este lunes dibuja una mayoría muy amplia de más de 200 diputados para el centro y la derecha. Más aún: seis de cada diez españoles consideran que deberían convocarse elecciones anticipadas.
Pero Sánchez escucha otra música. Hace tiempo que sustituyó la rendición de cuentas por la resistencia. Gobernar ya no consiste en convencer a los ciudadanos. Es aguantar un día más. Otra semana. Que pase el mes. Da igual el coste. O el desgaste institucional. Ni siquiera se valora la desconfianza creciente. Lo importante es seguir.
Y quizá ahí resida la verdadera anomalía política de nuestro tiempo. No en los escándalos. No en los sobresaltos. No siquiera en los socios que sostienen al Gobierno. La anomalía es que el presidente parece haber dejado de mirar a los españoles para mirarse únicamente a sí mismo.
Este presidente del Gobierno se encara cada día a un espejo en el que es él mismo el único programa político.
A. M. BEAUMONT